Por Manuel Crespo Feliciano

«A la verdad que el boricua es como una canción que tiene Stevie Wonder: Everybody is a star.»

Son poco más de las 12 del mediodía, día 3, año número 1 después de María. «Everybody is a fucking star»- añade, con su acento niuyorican, el señor que va a mi lado en la improvisada fila que hemos formado en la improvisada estación de gasolina que ubica en la entrada del ahora improvisado pueblo que me ha visto crecer.

Estimo que hay unas 60 personas bajo el incandescente sol caribeño de este 23 de septiembre, día del Grito. La gente –en su mayoría- tiene cara de preocupación, brazos cruzados y cargan con más de un recipiente para envasar el preciado líquido: recipientes aprobados, botellas de líquidos de limpieza, neveras de playa, o cualquier aparatejo que sirva para trasportarlo de un lugar a otro.

Como al que no quiere caldo le dan dos tazas, asumo, al frente me ha tocado la representación mas selecta de la nueva cruzada evangélica post desastre. La conversación es de lo más apocalíptico que he oído hasta el momento:

-Puerto Rico está sumido en la desgracia. Somos la nueva Sodoma y Gomorra.
-En ese viento se escuchaba la voz de Satanás. Satanás mismo capitaneaba ese mostro’ de huracán.
-Pa’ colmo llevaba el nombre de la madre de Dios. María nos llevó de vuelta al 1915.

Y así continuó, sin toque de queda, la conversación en un debate interminable entre pasajes bíblicos recitados a la perfección de una biblia más trágica y punitiva de lo normal.

Bajo el indecente e imperdonable sol, se junta gente de todas las edades en la búsqueda del preciado líquido.

Absorto en el espectáculo que ocurre a mi alrededor, me sitúo callado en medio de todo y de todos. Observo. Seis personas detrás. Una joven enfermera habla sobre cómo hacen el proceso de admisión en el hospital en que labora: atienden gente con dolor de pecho, problemas de respiración, suturan cortaduras de hasta 18 puntos y despachan a algún adicto morfina luego de dar gritos de dolor para que le inyecten un poco del anestésico. Diez personas frente a mi, un grupo de jóvenes medio hipster-millenial-queer, se esfuerza por mantener una conversación que no saben como sostener. «OMG, LOOOOL» exclama unx de ellxs mientras se arregla el “sport bra” que le ayuda a disimular su busto. De lado a lado se pasea el hombre que trabaja en la Administracion Federal para el Manejo de Desastres. Lo sé porque se ha encargado de decirlo unas 26 veces sin que nadie le pregunte, algo así como los veganos o aquellos que hacen cross fit. Anda cubaneando, como dicen en la isla hermana: aparentando hacer algo, sin realmente andar haciendo nada; “caminando de lado a lado haciéndose el importante, chiquitico”. Seis personas atrás –nuevamente- la joven enfermera interrumpe su narración: ¿cómo ella tiene el pelo planchado? Dice denotando una evidente envidia al ver a la nueva integrante de la pieza teatral: mujer, escasos 19 años, con senda melena recién planchada, subiendo la calle que conecta con la estación, remeneo, bamboleo, sandungueo a su paso. Mientras, la enfermera se arregla su moño peli crespo con rastros de queratina mal aplicada y añade: “deja que llegue a casa y pueda prender la planta…”. Como quien planifica en medio del desastre una cruel venganza.

«A la verdad que el boricua es como una canción que tiene Stevie Wonder: Everybody is a star. Everybody is a fucking star». Yo sonrío y decido entablar conversación con quien lleva ya casi dos horas a mi lado en la cola gaseosa. A pesar que no habíamos cruzado palabra hasta el momento, ambos hemos coincidido en el ejercicio de centrarnos como meros espectadores de esta pieza de comedia en la que ha sucedido más de una cosa interesante. “Papá, esto que vemos es el puertorriqueño en su esencia, ¿sabe? Nos han roto esa burbujita de perfección. De civilizados”-me dice. Para este entonces ya le conozco más que su acento: creció entre Santurce y el Bronx, es militar pensionado y ha decidido retirarse en una casa de campo que recién ha comprado.

Yo, unos 40 años menor que él, intento poner un poco de lógica a la situación. Le hablo sobre mis inquietudes; sobre cómo en mi generación vivimos bajo la ilusa ilusión de hiperconectividad que nos brindan nuestras pantallas móviles y a su vez tan desconectados de la realidad y las necesidades de los demás. De cómo tras el paso del huracán esto puede cambiar. De cómo tras el paso del huracán, los árboles han caído y nos han permitido ver las casas de vecinos que ni sabíamos que teníamos. De cómo esos vecinos se han organizado para ser la primera línea de respuesta ante la crisis, habilitando las carreteras y ayudando a quien más necesita dentro del barrio. “Ya los vecinos son más que una cara y una mano saludando en la tarde y en las mañanas” digo, tratando de traer un nuevo contexto en medio de este desmadre en que ambos nos encontramos.

Él me escucha y abunda sobre cada tema del que le hablo. Para este entonces, le conozco aun más: a sus sesenta y pico tiene Facebook, prefiere hablar ingles y su espíritu no ha envejecido por que no se ha cerrado a la posibilidad de continuar aprendiendo en la vida, me dice.

Ya es mi turno para llenar el recipiente de gasolina. Han racionado la cantidad: diez dólares por persona. La conversación ya ha llegado a su fin, mas una frase me acompaña, repetitiva, camino al carro: “Mira mijo, usted tiene que vivir para hacer memorias tangibles, algo a lo que te puedas aferrar cuando ya no tengas nada…cuando sientas que pierdes la fe”. Vuelco la mirada una última vez a la gasolinera y veo al dueño agitar su cigarrillo dando ordenes a quienes aun están en fila mientras despacha los diez, ahora valiosos, dólares de gasolina en algún recipiente improvisado . “Si eso explota: ¡Kaput, The end!”- pienso, prendo el carro y me voy.

*Al terminar el proceso de edición de este escrito llegó a mis oídos la noticia de que en un pueblo cercano un hombre le disparó a otro tras éste intentar colarse en la fila de la gasolinera. “Everybody is a star”, pero por favor: no juegue a ser el villano de la escena.

Tinta_Digital

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Un blog confeccionado por estudiantes y dedicado al buen periodismo

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