Cuando el tiempo recae en manos de un consumidor

Son muchas las anécdotas que guardan los cajeros al atender centenares de clientes. Sobretodo en época festiva. (Foto Suministrada)

“A mis clientes les debo mi habilidad, no mi compasión.” Michael J. Fox – Louis Canning

Por: Bryan Cuadrado González (bryan.cuadrado@upr.edu)

Era una mañana llena de optimismo. Un nuevo día para laborar y cumplir objetivos. Estaba el supermercado repleto, con filas de hasta siete metros en cada una de sus seis cajas. Todos los clientes se sonreían con el cajero al tocarles su turno, olvidando los minutos que tuvieron que esperar. Se sentía la alegría por las fiestas navideñas que se aproximaban. Se escuchaba a todo volumen los Cantares de Navidad del Trío Vegabajeño, desde una bocina que ubicaron en la entrada para ambientar. Un día prometedor que muy pocas veces ocurría… todo parecía perfecto. Faltaban 15 minutos para culminar el turno. Lleno de emoción por la llegada de la hora de almuerzo, atendía a mis últimos clientes, cuando toca el turno de una pareja.

Ambos cargaban sobre sus hombros unos 47 a 49 años de edad. Poco parecía importarles su vestimenta arrugada, con unas manchas de grasa en la camisa de ella y pequeños orificios en la de él. Ella llevaba puestos unos espejuelos viejos, que en lugar de mejorar su visión, por los rasguños en su cristal, le dificultaba. Su cabello rizo rebelde, amarrado en forma de cola de caballo, denotaba en la raíz unos rayos de sol pálido mañanero que hacía entrever su edad. En cambio él, por su estatura baja, su falta de cabello, sus ojos entre-abiertos, su cara y naríz redondas, solo me recordaba a la caricatura Mr. Magoo. Portaba en su mano como una especie de arma, la tarjeta de La Familia.

Trajeron consigo, un carrito de compras abarrotado de productos en especial. Podía divisar gaseosas, dulces, pan, comida congelada, comida enlatada… en fin, comida nada saludable. Era inevitable pensar en el lugar de almacenaje de toda aquella compra. Él, al acomodar los productos en la correa de la caja, se preocupaba mucho de agrupar los artículos y de no mezclar frío, con caliente, enlatado con empaques de cartón o plástico. Mientras ella, en una postura rígida, como si del superior de su esposo se tratara, solo esperaba a que él terminara de pasar todos los artículos.

Se trataba de una pareja que frecuentaba el supermercado siempre con el mismo problema. Llegaban con su compra, decididos a llevarse todos los productos y al final sucedía algo. No hacían excepción alguna de cajero, día u hora. Esperanzado, y con la alegría que me arropaba en ese momento, esperaba no fuera uno de esos días.

-«¡Buenos días!», comenté con mucha alegría, «¿consiguieron todo lo que buscaban?»

-«¡Sí amigo!», dijo él sin apartar su mirada de los artículos que continuaba acomodando en la correa de la caja. Ella continuaba en su postura fuerte, como si en su juventud hubiera sido militar de alto rango. Era notable su caracter fuerte.

Procedí a registrar los artículos, mientras ella, en su misma postura, ahora observaba la pantalla que mostraba la lista de todos los artículos que pasaba, con sus respectivos precios. Más abajo, se podía ver la suma que iba en aumento con cada producto que se le añadía. Luego de unos cuatro a cinco minutos de constante tintineo de la caja por mi movimiento robótico automatizado al arrastrar cada producto por el escáner, presioné el botón de subtotal.

-«¡Su total sería $131.07!», dije mientras esperaba pacientemente por la pareja para pagar. Inmediatamente él me pregunta.

-«¿Cuál fue el costo de las pechugas? En el shopper aparecen a $16.99″, dijo mientras se sostenía el mentón, insinuando que analizaba el costo de la compra, y que según sus cálculos la máquina estaba marcando un precio erróneo.

-«Caballero, no son las pechugas de diez libras, sino las de cinco».

-«¡Pues elimínalas!», respondió con la mirada perdida y en un tono un tanto molesto. Enseguida preguntó por el precio de tres artículos adicionales, los cuales eliminó. Después de varios artículos cancelados y otros ancluídos, el total de la compra había cambiado a $98.90, pero todo parecía indicar que algo no andaba bien.

-«¡Mira papá! Si elimino esta yautía y este sofrito, ¿cuánto tengo?», dijo mientras observaba a su esposa por el rabillo de su ojo, evitando ser visto por ella.

-«Sería $91.10», pronuncié cansado de la situación.

 Su compañera ahora se veía un tanto molesta por las decisiones de él. Viraba sus ojos hacia atrás, cruzaba sus brazos y zapateaba de manera evidente, para ser observada por él. Él solo continuaba mirando la pantalla de los precios.

Ya había transcurrido más de diez minutos, la alegría que me rodeaba parecía desaparecer con cada artículo que restaba, los clientes que le seguían ya no eran tan pacientes y comenzaron a mudarse de caja. Llegó mi hora de salida y aún continuaba aquel señor pidiendo restar y sumar productos, como si de un juego se tratara. Después de un silencio de su parte y el todavía zapateo en el suelo de su compañera.

 -«Amigo, yo solo tengo 50 dólares. ¿Qué podemos hacer?», susurró para que no le escuchase los demás clientes.

Escucharlo hablar provocó en mí una sensación de estallido como el de un tren cuando emprende sus motores para partir. Había pasado más de 15 minutos en su juego de eliminar y añadir, cuando él sabía que con lo que contaba era con 50 dólares.

-«No se preocupe, eso lo resolvemos ahora», dije de manera cínica y evidente.

Sin pena alguna, y a modo de venganza por el mal provocado, comienzo a eliminar productos. Al empezar a sentirme mal por mi poca sensibilidad, pero al siguiente segundo la dejé a un lado por el hambre que tenía y el cual no podía satisfacer por las impertinencias de aquel señor.

-«Sería $49.51», dije tan rápido como pude al terminar de eliminar los artículos.

-«¿Me da para una lata de pimientos rojos?», dijo como si no hubiera pasado nada los ahora pasados 20 minutos.

-«¡No!», dije de manera cortante, pero tratando de disimular mi molestia e insensibilidad. Los despacho, disimulando mi irritabilidad.

Finalmente, culminado mi turno, cierro mi caja y me dispongo a salir del supermercado hacia el restaurante situado a unos tres minutos de allí. Al llegar y abrir la puerta, inmediatamente, se va la luz.

Un día que parecía prometedor como pocas veces ocurría, terminó siendo uno más de aquellos que te terminan por complicar la vida. Un día de esos en que tu vida recae en manos del consumidor.

 

Bryan Cuadrado

Author: Bryan Cuadrado

Estudiante del Departamento de Comunicación Tele-Radial de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo

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