Grupo de jóvenes llevan suministros a comunidades afectadas de Yauco tras el paso del huracán María. (Foto suministrada).

Por: Taiyania K. Rosado Pagán (taiyania.rosad0@.upr.edu)

 

“Ayudar al que lo necesita no sólo es parte del deber, sino de la felicidad”- José Martí.

Aproximadamente 80 días después del paso del huracán María, por fin pude juntarme a una iniciativa solidaria y brindar algunas ayudas a las personas afectadas. A través de un conocido en común, un grupo de jóvenes de Quebradillas me contactó para llegar hasta Castañer, un barrio marginado que había sido devastado por el huracán, a traer algunos suministros.

– “Queremos llegar a un lugar en el que verdaderamente haya necesidad”, me dijeron cuando me llamaron.

Por ser una periodista en formación, con esas ganas de investigar hasta cuándo nació Dios, hice llamadas, averigüé, y hablé con muchas personas. Conseguí una zona donde el panorama no pintaba tan bonito en unas calles que pertenecen a Yauco: La Albela, Duey, La Úrsula y Grillasca. Contacté de vuelta a los jóvenes y coordinamos fecha, lugar y hora de encuentro: 9 de diciembre de 2017, en la Iglesia Católica de Castañer a las 10:00 de la mañana.

-“Vamos a ir a un lugar que es bastante apartado del poblado; nos queda como a media hora. El camino siempre ha sido malo y luego del Huracán, no quiero imaginar cómo está. Para llegar a algunas casas, tendremos que caminar. ¿No hay problema?”

Dije esto para advertirles que sería tremenda jornada, pero ellos estuvieron en total acuerdo. Cuando llegó el día, no sabía qué esperar, estaba ansiosa. Dieron las diez de la mañana y me encontré dispuesta. Llegaron los jóvenes y mi tensión bajó un poco porque eran muy simpáticos y se notaban relajados.

“Recuerden que no es llegar, darle las cosas y ya. También hay que decirles algo para que se distraigan y se sientan confortados”, expresó la coordinadora del grupo en un tono de advertencia. Emprendimos el camino: nueve autos y casi cincuenta personas divididas en subgrupos. Con algunos adultos y cinco jóvenes me tocó ir a La Albela, una calle con apartada y desierta.

Encontré los paisajes más hermosos que jamás imaginé. Hilos de agua aquí y allá, en cualquier esquina había una quebrada. Olía a campo, a tierra limpia, a agua pura. El cielo tenía unas nubes tan perfectamente dibujadas como unos trazos de Picasso. Era todo un paisaje digno de aparecer en uno de esos calendarios de lugares turísticos, sin tomar en cuenta aquellas cuestas, claro. Pero la realidad era que los palos caídos y los deslizamientos me convencían una y otra vez de lo fuerte que asotó el huracán. Carreteras tan agujeradas como un escudo de guerra, y claro que lo eran: sobrevivieron a la batalla con María. Los caminos eran como si estuviera escalando una montaña, casi la del Monte Everest, incluso se sentía un frío impresionante.

Llegamos a más de quince casas, una de ellas con una anciana de algunos setenta años. Era una negra hermosa, delgada y de cara pequeña perfilada. Un cabello con algunas canas en un cola de caballo que colgaba a un lado de su hombro.

Antes de poder decirle algo se me hizo un nudo en la garganta y del discurso que había planeado, me quedaron solo las ganas. Vivía sola y su casa parecía estar en buenas condiciones. Era de cemento, así que tras el huracán solo quedó sin agua y luz. Pensé: ¿cómo hará una anciana tan delgada como ella para cargar agua? ¿No le dará miedo en la noche, en un lugar tan apartado y sin luz?

Antes de llegar a su casa tuvimos que caminar alrededor de quince minutos, luego cruzar un puente y subir un camino relativamente empinado. Al instante me convencí de que a aquel lugar no llegaban otras personas que no fueran residentes como ella, y me lo confirmó. Nos agradeció una y otra vez por llevarle aquellas pocas cosas y para nuestra tranquilidad nos recalcó que estaba acostumbrada a vivir sola y que no le temía a la oscuridad.

A aquella mujer no la olvidaré nunca. Hubiese querido sentarme a conversar con ella. En su rostro y sus pequeños ojos tristes se reflejaban miles de luchas que pude percibir. Pero el tiempo apremiaba, faltaban otras personas por visitar. Así que simplemente le dejé una de esas miradas de compasión y continué.

Fuimos a un lugar y a otro. Lugares devastados, casas sin techo, abandonadas, familias numerosas en casas pequeñas. Los niños distraídos en su mundo. Mientras los adultos todos se notaron preocupados, unos más que otros. Algunos pidieron oración, otros no paraban de agradecer, pero sin dudar de todas las personas con las que coincidí aquel día me llevé algo. La humildad y la conformidad brotaban de sus rostros con la misma naturalidad que el sudor saldría por los poros.

Aquellas personas dejaron huella en mí. Volví a casa feliz y agradecida, convencida de que estuve en el lugar correcto. Ese día disfruté mi cena más que nunca. Sabía que en un lugar no muy lejano a mí algunas familias de bajos recursos realzaron su esperanza.

Author: Taiyania Rosado

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