Los olvidados de la calle

homeless
(Suministrada: deambulantesenpr.wordpress.com)
Por: Maribel Méndez (maribel.mendez@upr.edu)

La cifra de deambulantes en Puerto Rico ha aumentado dramáticamente en los últimos años de acuerdo al Departamento de la Familia y a la Coalición de Coaliciones Pro-Indigentes de Puerto Rico.  Solamente en los pueblos no metropolitanos, hubo un aumento de 986 a 1,654 personas sin hogar del año 2011 al 2013.

¿Se ha preguntado alguna vez que lleva a una persona a deambular?  Hay quienes piensan que nadie en su sano juicio y por voluntad propia deja un techo para dormir en los bancos de las plazas públicas, o en el suelo de alguna acera. Ver a jóvenes con los brazos marcados por las agujas, lastimados por el sol, con surcos en su rostro que doblan su edad pidiendo limosna en los semáforos es algo que me conmueve y a la vez me intriga. ¿Dónde están sus familiares? Son historias repletas de lágrimas, de golpes, frustraciones, familias disfuncionales, maltrato, violencia, escasez, desesperanza, abandono, dolor . . .
No todos los que deambulan son personas adictas, sino también existen muchos enfermos mentales, alcohólicos, ancianos solos y desprovistos de ayudas económicas, inmigrantes que no tienen acomodo adecuado, personas sin hogar que se han acostumbrado a vivir de la caridad, y los que conscientemente han elegido ese estilo de vida.
Un dato importante es que en el censo más reciente de Puerto Rico se encontraron 112 personas con diplomas universitarios deambulando en las calles. Pero en su mayoría (36%) los que deambulan en las calles son personas con problemas de alcohol y sustancias controladas. Hombres y  mujeres con sueños frustrados que han renunciado a todo. Se conforman con migajas.  Algunos de ellos para saciar su sed, embriagarse en sus vicios y obtener el sorbo del placer momentáneo.   Ese placer que los mantiene cautivos, con grilletes invisibles que les impide caminar libres, pensar con claridad, soñar. Como una oruga en su crisálida sin posibilidad de metamorfosearse en mariposa.  Atrapados, encapsulados, como si el tiempo se detuviera y la belleza de la vida dejara de existir para ellos.
Me he convertido en cómplice de ese suicidio paulatino, porque cuando renunciamos a los sueños y envenenamos nuestro cuerpo, estamos matándonos poco a poco.  Extiendo mi mano para «colaborar» con el desánimo  y con el círculo vicioso , echo la peseta, los 50 centavos , el pesito para que una vez más «el olvidado» tenga » su cura».
Entonces confronto un dilema interno y me pregunto si estaré haciendo lo correcto.  Me conmueve su dolor, pero a la vez lo alimento.  No hacerlo podría llevarlo a hurtar, para saciar su vicio. Y me pregunto:  ¿qué hago? Opto por algo más, porque sí creo en la esperanza.
Compré unas tarjetitas de mensajes positivos y motivadores y se los entrego  a los que me tope en el camino, acompañado de la peseta.  Una palabra de aliento puede cambiar una vida.  Una sonrisa, una palmadita en el hombro, una simple muestra de cariño.  No le saques el cuerpo, ni los mires de reojo y con desprecio.   Son seres humanos que han sufrido mucho, que la vida los ha maltratado y tal vez no han tenido el grupo de apoyo que otros si han tenido.
Elevo una oración por ellos,  los marginados, los deambulantes, los olvidados de la calle. Y tú. . . ¿que harás?
Maribel Méndez
Author: Maribel MéndezEstudiante de Comunicación (maribel.mendez1@upr.edu)

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