Opinión: ¿Y si me quito?

Por: Arislyn Toledo Samalot (arislyn.toledo1@upr.edu)

En el 2016, un estimado de 89,000 personas salieron de Puerto Rico y en el 2017, luego del paso del huracán María, el éxodo superó las 200,000 personas. Esas 289,000 personas que decidieron abandonar la isla no son menos puertorriqueñas que aquellas que decidieron permanecer.

Digamos que por «pura casualidad», precisamente en el año 2016, se popularizó el hashtag #yonomequito, que fue impulsado por el empresario Carlos López Lay. El hashtag fue creado con una intención digna de las más grandes ambigüedades. ¿Su fin era promover el desarrollo en el país o enaltecer a aquellos que decidieron quedarse sobre aquellos que decidieron partir?  Casi de inmediato, cual caza de fortuna, el gobierno apoyó el movimiento, pues era el toque carente en su agenda para mantener al boricua agarrado del cuello.  Como una navaja en la yugular, el patriotismo sería el arma mortal de toda aspiración emigrante. Si no te quitas eres bravo, si te quitas … un cobarde.

“Quitarse” (emigrar a otro país para estos efectos) es válido si se evalúa el hecho de que Puerto Rico está quebrado, maltrecho y ultrajado, mientras los culpables duermen tranquilos bajo el amparo de una riqueza hurtada.  No fue el pueblo el que hundió al país y ahora, como si el dueño tuviera el deber de pagarle al ladrón para recuperar lo que le pertenece, el puertorriqueño tiene que pagar una deuda de 73 mil millones creada por administraciones malas y corrompidas.

“Quitarse” también es válido si, luego de un embate tan destructivo como el huracán María, la única opción de progreso, recuperación y superación económica, física y emocional se encuentra fuera de Puerto Rico.  No es justo sentirse moralmente obligado a quedarse.  No lo es ni aunque lo adornen con bombos y platillos llamando a los que aceptan el atropello o a los que permanecen entre los escombros de sus propios sueños “valientes”. Los exaltan para que el sentido patrio los ciegue y se vean obligados a limpiar, no solo las huellas de María, sino toda la mugre de mentiras y engaños que han arrojado los políticos sobre un pueblo que no hace más que intentar salir de un agujero que cada vez aparenta ser más profundo.

De esta manera, dividen al puertorriqueño que se va y al que se queda. Unos contra otros, una batalla campal entre el “vende patria” y el “verdadero boricua” para que impere la sumisión, el sometimiento y el terrible masoquismo de permanecer en donde el crecimiento se enfrenta a gigantes decididos a ahogarlo hasta la muerte.

Al boricua lo quieren en la isla, pero le limitan, le engañan, le roban y ni siquiera un retiro digno le permiten tener. Todo con la excusa de que para progresar se deben hacer sacrificios. Existe una absurda tendencia a romantizar el sufrimiento injusto con la esperanza puesta en una promesa de progreso hecha por títeres de la política corrupta y los grandes intereses.

Al puertorriqueño lo quieren aquí, pero atentan contra su educación al cerrar 283 escuelas y acortar 541 millones del presupuesto de la Universidad de Puerto Rico, ambas cifras totalmente ilógicas e injustas. Lo quieren aquí, pero lo quieren ignorante, lo quieren dócil para que así acepte la injusticia como único método para ser lo suficientemente “patrio”.

La línea de pensamiento no busca incentivar a que abandonen la isla y se olviden de ella, la línea va en dirección a que salgan del país en busca de educación, prosperidad y una mente renovada que, en el momento en que esté lista, vuelva a la cuna que la vio nacer y aporte lo aprendido para que “un Puerto Rico mejor” no sea una simple utopía y se convierta en la realidad tan deseada.

Author: Arislyn Toledo

Estudiante del Departamento de Comunicación Tele-Radial de la Universidad de Puerto Rico Recinto de Arecibo

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