Bioluminiscencia en la bahía Puerto Mosquitos, Vieques (Foto suministrada.)

Por: Arislyn Toledo Samalot (arislyn.toledo1@upr.edu)

Son las 7:15 de la noche, la oscuridad arropó los últimos destellos de sol. Me encuentro en un autobús que me lleva a través de un camino sin pavimentar. El viento que entra por las ventanas me alborota el cabello. Mi corazón late fuerte, estoy a la expectativa… ¿Será como en las fotos? No creo, siempre las editan. ¿Hará frío? Esa agua será un témpano de hielo. El autobús se detiene, llegamos al destino, todo está oscuro. La penumbra me tienta a mirar el cielo y allí, señoras y señores, me encuentro con la noche estrellada más hermosa que jamás haya visto. La Vía Láctea está dando un espectáculo, si fuera un ser humano, diría que se está luciendo para robarse todas las miradas. Pero me equivoco, la naturaleza no conoce de ego, no conoce de ambición. La naturaleza es un todo y, como un todo, se une para dar paso a la magia de la bahía bioluminiscente más brillante del mundo: Puerto Mosquitos, Vieques.

Miro el cielo cada dos segundos, ¡qué maravilla, por Dios! Me percato de que la Luna no está visible, como si la protagonista de las noches decidiera bajar de su trono y ceder su puesto a las estrellas y al Puerto Mosquitos. Bajo la mirada y un kayak me espera en la entrada de la bahía.

Algunos de los visitantes mientras entran a sus kayaks.

 

El guía, Raúl A. Osorio, comienza a remar, todo está oscuro. Las pequeñas olitas chocan contra la embarcación como si juguetearan con nosotros. Me pregunto, ¿le habrán dado la misma bienvenida a aquellos norteamericanos que planeaban apropiarse de la bahía en 1941 con la llegada de la Marina de los Estados Unidos?  El guía sigue remando. No sé si es el lugar, el momento, la inquietud, pero mis pensamientos están en todos lados. ¡Cuánto habrá sufrido esta tierra a causa del fuego! Pero no solo el fuego producto de las bombas para el adiestramiento, sino el fuego que es producto de la ambición de poder, de dominio, del ego malvado que mueve al hombre a matar o a entrenarse para matar y así saciar sus más oscuros deseos, dominar el mundo. Una bomba, explota, mueren peces, una bomba, explota, mueren árboles, una bomba, explota, contamina las aguas, una bomba, explota, se enferman los viequenses, una bomba, explota, mata a un civil… David Sanes pasa a la memoria de sometimiento y yugo que ha sufrido la Isla Nena a lo largo de la historia.

Raúl me habla e interrumpe mis pensamientos. “Mira el agua”, dice, “una vez que lleguemos al centro de la bahía, va a brillar con mucha más intensidad”. Cada vez que el remo toca el agua despierta una pequeña galaxia en la bahía. Miles de lucecitas se encienden como si estuvieran molestas porque han alterado la pasividad de sus aguas.  Los Pyrodinium bahamense o comúnmente conocidos como dinoflagelados son los responsables de este espectáculo marino. ¿La razón de su brillo? Una reacción química entre proteínas y enzimas que es utilizada para liberar oxígeno o como un medio de comunicación entre estos microorganismos.

Actualmente, cada litro de agua del Puerto Mosquitos contiene alrededor de 600,000 dinoflagelados. (Foto suministrada.)

 

Desvío mi mirada y se me corta la respiración del asombro. Si no existiera esa franja de vegetación en el horizonte, resultaría imposible dividir el cielo de la bahía. Me siento como un astronauta en medio del espacio, estrellas arriba, estrellas abajo, un espectáculo lumínico por donde quiera que miro.  Las estrellas fugaces cruzan el cielo y los peces cruzan la bahía, propios para una perfecta metáfora, estos producen el mismo efecto óptico, sus movimientos dejan destellos de luz.

En el 2006, Puerto Mosquitos fue catalogada como la bahía bioluminiscente más brillante del mundo según el Record Guinness. (Foto suministrada.)

 

Llegamos al centro de la bahía; el remo agita el agua y brilla, los peces nadan y brillan, las crestas de las pequeñas olitas se levantan y brillan. La bahía se engalana de un azul verdoso, mezclado con un negro azabache. Raúl me permite tocar el agua. Al mínimo contacto, cientos de puntitos brillantes rodean mi mano. El agua está caliente, recuerdo que hace unos veinte minutos atrás pensé que el agua estaría helada y me rio internamente de mi prejuicio fallido.

El guía deja de remar y los demás kayaks se reúnen en medio de la bahía. Para mi sorpresa, Raúl nos explica que la belleza de Puerto Mosquitos aún se está recuperando, puesto que, luego del huracán María, la bahía perdió casi toda su bioluminiscencia. Las fuertes lluvias y las marejadas ciclónicas acabaron con la vida de millones de dinoflagelados que habitaban en estas aguas.

Entonces, me resulta imposible no realizar comparaciones en mi cabeza, millones de dinoflagelados muertos a causa de la gran batalla que significó el huracán para el medio ambiente viequense. ¿Cuántos millones de personas habrán muerto a causa de batallas y guerras humanas? En la guerra que causó más muertes en la historia, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), murieron más de 70 millones de personas. Estados Unidos participó en esta guerra, sí, el mismo país que estableció una base naval en Vieques en 1941 y practicaba maniobras militares en esta isla, mismas maniobras que utilizaba contra sus enemigos en batalla. En 1948, la mitad del Puerto Mosquitos pasa a ser propiedad de la Marina de los Estados Unidos y se vuelve parte de los terrenos manchados por el deseo bélico. La naturaleza, pura y virgen, ajena de ego y de ambición es violada por la avaricia y prepotencia.

Estructuras utilizadas como búnkers por parte de la Marina de los Estados Unidos en Vieques.

 

No obstante, en ese entonces, la bahía prevaleció. Buscó su camino en medio de bombas, en medio de enfrentamientos entre viequenses y estadounidenses, en medio del cansancio de un pueblo. La bahía continúo brillando como si se burlara del vicio humano. Su única intención era abrirse paso, manifestarse y sobrevivir. Es que así es la naturaleza, obstinada, persistente e incansable. Me atrevo a hablar por ella y decir que ha triunfado.

Mientras concluyo mi línea de pensamiento, el kayak vuelve a la orilla. Me levanto, miro y una convicción firme late dentro de mí. Ni las bombas, ni los huracanes la han podido apagar, Puerto Mosquitos es nuestra pequeña guerrera bioluminiscente que, si la defendemos, nunca dejará de brillar.

Author: Arislyn Toledo

Estudiante del Departamento de Comunicación Tele-Radial de la Universidad de Puerto Rico Recinto de Arecibo

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