Por: Neida Rodríguez Rodríguez (neida.rodriguez@upr.edu)

La alarma suena a las 4:00 am. Es jueves, 17 de enero de 2019. Me levanto un poco desorientada, ya que nunca acostumbro alzar el esqueleto de la cama a esas horas de madrugada. Desactivo la alarma, reúno mis cosas y parto a San Juan junto a mi hermano, con una sola misión en mente: obtener boletos para la obra «Hamilton» de Lin-Manuel Miranda.

Fue una decisión arriesgada y nos decían que estábamos locos, pero optamos por pensar: “el que madruga, Dios lo ayuda”. No había ni salido el sol cuando llegamos al Centro de Bellas Artes en Santurce. Encontramos una sola persona frente a la guagua de boletería, quien llevaba haciendo cola desde las 4:30 de la mañana. Al igual que nosotros, esperaba con ansias ver si lograba adquirir boletos para presenciar el aclamado musical «Hamilton». 

Lin-Manuel Miranda es un actor y dramaturgo nacido en Nueva York de padres puertorriqueños. Su trayectoria como actor comenzó muchísimos años antes del éxito de «Hamilton» y su fama surge por el musical «In The Heights». En dicha obra encarnó el protagonista principal, estuvo a cargo de la dirección y también compuso la música. El éxito le llevaría a ser galardonado por los premios Tony. La producción de In The Heights fue traslada a Puerto Rico por una semana en el 2010. 

(…)

Transcurren las horas y con el sol, nos arropa también el calor. La boletería aún no da indicios de abrir y la fila de aficionados continúa aumentando gradualmente. A la una de la tarde ya calculo un aproximado de 100 personas en stand by, quienes igual que yo, rogaban que se diera un milagro para lograr ver la obra. La fila no solo está compuesta por puertorriqueños, sino también norteamericanos que viajaron con la única intensión de conseguir boletos. Mientras esperábamos, unas personas en la fila nos preguntan de qué parte de Puerto Rico éramos. Cuando le dije que de Arecibo, quedaron pasmados, ya que no podían asimilar que veníamos de tan lejos. Según transcurrían las horas, se convierte en chiste interno el «Ya no podrán ir a Arecibo».

De repente, un empleado del Centro de Bellas Artes comentó que la boletería no abriría hasta las 4 de la tarde. En ese momento maldije todo, ya que no estaba preparada emocional ni físicamente para esperar hasta esa hora y encima de eso no poder ir a mi casa en Arecibo para bañarme. Sin embargo, decidí asumir la actitud decidida de: «no me voy de aquí sin mi boleto».

 A las cuatro en punto de la tarde, después de once arduas horas en fila, la gerente de Ticket Pop indica que la cantidad de boletos que habían disponibles eran sumamente limitados, pero que la venta comenzaría de inmediato. Acto seguido, la empleada me llama para realizar la transacción, me entrega mi boleto y sentí que la taquilla no era real y que todo esto era un sueño. La sensación de tener ese papelito entre mis manos, jamás la olvidaré.

Con boleto en mano, mi hermano y yo nos tiramos la otra maroma del siglo: viajar de San Juan a Arecibo en plena hora de tapón . Cuando nos acercamos a Dorado, frenamos de repente. Un bendito tapón. Los nervios me subieron y mi ansiedad ya estaba por los quintos cielos. Ahí pienso en voz alta: «no vamos a llegar». A eso mi hermano replica: «vamos a llegar, no te apures». Continúan transcurriendo los minutos y la congestión vehicular avanza poco a poco. Minutos más tarde, entro a mi casa en Arecibo y esta maroma jamás la olvidaré mientras viva. Si fue un milagro conseguir boletos para Hamilton, más impactante fue haber llegado de San Juan a Arecibo en plena hora de salida de trabajo y en menos de una hora.

(…)

A las 7:30 comienza la función y en el primer número musical (Alexander Hamilton), cuando Lin-Manuel dijo “Alexander Hamilton”, recibió una ovación larga y emotiva. En ese momento no puedo evitarlo; me saltan las lágrimas. Me levanto los espejuelos y limpio mi ojos. No puedo creer lo espectacular que está, y a penas ha empezado. El escenario, la música, la creatividad… algo indescriptible. Mientras observo, pienso «valió la pena hacer aquella fila».

El musical Hamilton, abarca en sus dos horas y media la historia de Alexander Hamilton, uno de los fundadores de la nación norteamericana. La obra presenta temas sobre el valor intrínseco de los inmigrantes, el feminismo y la historia de la lucha por la independencia de Estados Unidos. La historia se relata jocosamente mediante el uso del rap y de una forma que jamás la aprenderías por medio de un libro de texto en una clase de historia. Pregúntame qué me enseñaron en mi clase de historia de los Estados Unidos, luego pregúntame qué aprendí en el musical. Apuesto mi vida que rápido contestaré que Alexander Hamilton era «a bastard orphan, son of a whore» y ¿Aaron Burr? «the damn fool who shot him» ¿Cómo una persona puede tomar un tema tan pesado y convertirlo en un musical tan espectacular?

Después de unos minutos, se anuncia el intermedio y el público se revolotea. Permanezco sentada, reflexionando sobre lo que acabo de ver. «Volvería hacer la fila de once horas», susurra mi hermano. A pesar de lo incómodo, creo que yo también me uno a su sentir…


El musical Hamilton está basado en la autobiografía por Ron Chernow. (Foto suministrada)

Luego de dos horas y media, concluye la obra y el dramaturgo fue despedido por el público con aplausos y gritos. Me inunda un sentimiento de orgullo inmenso que no sentía hace siglos de haber nacido aquí, en la “Isla del encanto” donde los asesinatos son la orden del día, nos lanzan papeles toallas en la cara, el futuro de la educación pública es incierto y la economía continúa maltrecha. Me sentí abrumada por el orgullo de haber presenciado algo tan impresionante, hecho por un puertorriqueño. Estoy convencida de que Lin-Manuel Miranda no es solo un dramaturgo; es un genio musical y erudito. Por un lado, en ese momento me vino a la mente Roberto Clemente, un humanitario y pelotero puertorriqueño que evoca en mi un sentido de patriotismo que muy pocas cosas logran conmoverme. Clemente fue un humanitario que falleció un 31 de enero de 1972, llevando suministros a Nicaragua. Además de una persona empática y caritativa, fue el primer pelotero latino en ser admitido al Salón de la Fama de Béisbol. Por otro lado, llegó a mi mente ese plato de comida tan sabroso que no importa donde esté siempre lo asocio con la isla; el mofongo.

Mientras pensaba en Roberto Clemente y en el mofongo, decidí olvidar lo negativo y contrarrestar con: “soy de la tierra en donde tenemos a Roberto Clemente, mofongo y a Lin-Manuel Miranda”. Ese día tomé la decisión de cada vez que me sienta abrumada por tanta negatividad en Puerto Rico, recordar esa noche. 


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