Por: Paola M. Rodríguez Ramos (paola.rodriguez57@upr.edu)

«Millll», era la palabra que escuchaba una sargento de las fuerzas armadas cada vez qué pasaba frente a un compañero de la milicia.  Intrigada por la risa constante de los presentes cuando él decía el comentario, le preguntó a un amigo qué significaba y él le contestó, «me tiraría mil como ella». Una conocida, quien es la protagonista de la escena anterior, comenta que las soldados son llamadas crica card porque sólo están ahí para brindarles placer a los hombres.

La cosificación de la mujer se ha estandarizado y en este contexto lo vemos en el área laboral.  El pasado 8 de marzo fue el Día Internacional de la Mujer, en el cual se conmemora una protesta para esta misma fecha en el año 1857, donde miles de trabajadoras de textiles decidieron salir a las calles de Nueva York a exigir igualdad salarial y mejores condiciones laborales.

El machismo es un fenómeno que está cada día más latente en nuestra sociedad.  Desde los comienzos de la humanidad, las mujeres somos víctimas de una desigualdad social imperante.  Las leyes, la educación, la religión, la cultura, los medios de comunicación, en el lugar de trabajo, e incluso el lenguaje, están corrompidos por este mal que pareciera no tener fin.

Por otro lado, podemos observar cómo la violencia de género, el acoso y las violaciones sexuales, el abuso psicológico, los estereotipos y prejuicios se han vuelto parte de nuestro diario vivir y se han normalizado. Desde que aceptamos las creencias e ideologías patriarcales y los comentarios sexistas tan simples como- «ayudo a mi esposa en el hogar»- como si fuera el trabajo de la mujer y él solo le da una mano, permitimos que se minusvalore a las féminas.

En las pasadas semanas, entre Cidra y Cayey, 27 minutos fueron suficientes para marcar la vida de dos mujeres.  Una fue arrastrada, golpeada y herida por un hombre, mientras que la otra se encontraba llena de impotencia dentro de su auto, hablando con una operadora del sistema de emergencias, rogando que alguien llegara a ayudarlas. Nadie llegó.  Indudablemente, la violencia de género es una emergencia mundial, el machismo nos está matando.

Otro fue un caso que se titulaba «Joven violada por conocido en redes», hecho ocurrido en Loíza, donde comentarios de hombres y mujeres aseguraban que era su culpa por salir con un desconocido.  Un hombre afirmaba que lo más probable ella quería y que después se echó para atrás, que «no calentara la comida si no se la iba a comer». De igual manera, otro comentó, que tal vez era de las que pedía a gritos por Facebook un «macho» publicando que estaba soltera.  ¿Tan invisible está el machismo que seguimos culpabilizando a la víctima por «no tener precaución» y no al agresor?

Sin duda alguna, necesitamos ser escuchadas y valoradas.  Considero que la mejor forma de combatir este mal social es comenzar con la educación con perspectiva de género en el hogar ya que es responsabilidad de los padres enseñarles a sus hijos lo que resumo como «amor al prójimo».  Deben tener en cuenta que los niños son producto de lo que ven y escuchan, son imitadores.  Nadie nace siendo machista ni lleno de prejuicios, somos los adultos con nuestros actos los que dañamos a nuestros pequeños.

Frederick Douglas decía, que era más fácil construir niños fuertes que reparar adultos rotos.  Estamos lacerando su integridad con estereotipos absurdos como «el rosa es para las nenas y el azul para los nenes», «los hombres no lloran» o «esas no son formas de hablar para una señorita».

Basta de invisibilizar el machismo, es una lucha de todos.

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