Por: Alondra N. Ramos Zambrana

Ocho puntos, ocho cicatrices, dos tendones reubicados, seis tornillos de azúcar: rodilla nueva.

Mi cuerpo. Rodilla nueva, rodilla vieja, rodilla mala ¡Qué vida la mía! Esto me pasa por alquilar mi cuerpo.

Partido LAI

Click

1ro de mayo. Seis de la mañana. Mi hermana me levanta. Estoy cansada. Malhumorada. Las lágrimas ruedan por mis mejillas. No puedo pensar. Me vuelvo a tumbar.

De camino a hacerme un MRI, noto que sigo sin poder poner mi pierna en el piso. Lloro. Me siento a esperar que me llamen y de nuevo, lloro. El dolor que siento me consume y lo más que lo hace es mi mente. Llaman mi nombre. Entro. Me acuesto en la máquina. Por la próxima media hora solo puedo pensar que todo estará bien y pensar qué pasará si no sale bien.

21 de mayo. Llega el día de la cita con el ortopeda. Un hombre alto -muy alto- pelo castaño, piel clara y unos ojos azules, me llama. Me sienta en su oficina, saca el MRI, saca las placas y se queda callado observando. Me pregunta qué pasó, cómo pasó y qué día pasó. Le cuento que el 30 de abril, en un juego de la universidad, el primero de la ida y vuelta para clasificar, recibí un golpe en mi rodilla derecha. Le dije que aguanté, que seguí jugando -aunque la terapista me dijo que no lo hiciera- y que a los minutos mi rodilla se fue, no la sentí y se me fue. Que el click que escuché había sido el peor. Que sentí cómo algo dentro de mí se rompió y cómo desde ese día mi rodilla simulaba un jamón. Me dijo que ese click que escuché fue mi ligamento cruzado anterior se desgarró. Me mostró que solo le quedaba un hilito. Solo quedaba la tira más fina luego de rasgar una soga y esa última hebra era la que estaba sosteniendo mi rodilla. Y lloré. Lloré porque sabía lo que significaba y lo que ningún atleta quiere escuchar:

Te vamos a operar

Lo único que pude pensar fue que jamás iba a volver a jugar, que mi vida con el fútbol terminaría ahí y que todo lo que había hecho durante los últimos 10 años se quedaría en la nada. Como un ángel, como algo sin sentido, creí haberlo dicho en voz alta porque al terminar mis pensamientos me dijo “De 6-8 meses estás jugando nuevamente”. No sabía si creerle. Mis padres y él arreglaron todo el papeleo y pusieron todo en orden para que 10 días después abrieran un pequeño boquete e hicieran magia en mi rodilla.

31 de mayo. 5:30 de la mañana. Mami me levanta y con los miles de miedos que tenía ese día me llevaron al hospital. Pasillos fríos, enfermeras amables. Llegamos al último piso, la sala repleta de adolecentes como yo y sus padres y el mismo miedo que mostraba lo tenían ellos. El rostro pálido, las manos cruzadas, recostados en el pecho de sus progenitores y sin hablar. La única voz que se escuchaba era la de mi papá intentando contar chistes para calmar cualquier ansiedad.

En la sala de espera del hospital

Nunca había escuchado que llamaran mi nombre tantas veces. Me despedí de mis padres y entré a un cuartito. Bata azul, sombrero azul, zapatitos azules, todo azul. Pasó tiempo hasta que me llamaron –otra vez- y me acostaron en una camilla. La enfermera anestesióloga me saluda, me coloca en posición fetal y cuando estaba por presentarme al doctor que me pondría la anestesia espinal, que era uno de mis miedos mas grandes, caí en un sueño profundo por la sedación.

A mitad de operación me desperté, el frío de la sala congeló hasta el último de mis huesos y heló mi redonda nariz de una manera inexplicable. No sentía nada en mis piernas, solo escuchaba las directrices, que tomaran fotos, que cerraran, pusieran puntos y se acabó. Me llevaron a recovery y permanecí ahí durante media hora. Mis piernas comenzaron a sentir sensaciones, comencé a moverlas y me sentía aliviada.

Comenzó lo bueno

A las tres horas de estar despierta y de palpar mis piernas, experimenté cómo latía mi rodilla. Sentí cómo corría la sangre, cómo lo que al principio fue un alivio estaba doliendo mucho y salieron las primeras lágrimas. Me dieron de alta y al llegar a mi hogar me esperaba una máquina fabulosa, tan fabulosa que haría que mi rodilla doblara, por grados, todos los días durante una semana. Esa noche no dormí, no encontraba como. Entre dolor, incomodidad en mi propia cama, hambre, malestares, medicamentos cada 4 horas fue imposible.

La máquina hizo su trabajo día tras día y al cuarto de estos, cuando la máquina subió a 80º, lloré, lloré, lloré y lloré. Me quitaron las vendas y pude ver mis cicatrices, cicatrices que tendré toda mi vida. Ocho puntos, que sentía y podía palpar. También quedaba el dibujo que hicieron al marcar la rodilla el día de la operación y que hoy simulo algunos días y veo al cerrar los ojos.

El proceso

Lo más difícil fue el proceso. El proceso de levantarme todos los días, y querer afirmar mi pierna y caminar como si nada. El proceso de llegar a mis terapias día tras día y sentir que no había cambios –si los habían solo no podía notarlos por mi prisa. Dolía cada terapia, cada estiramiento, cada ejercicio, cada segundo en esa clínica en la que estuve 10 días. El proceso de empezar el gimnasio y querer el primer día subir muchos pesos. El proceso de querer correr antes de trotar. De ver a mis compañeras preparándose para nuestra temporada y yo estar en 0, dolía. El proceso de sentir que nunca iba a llegar a donde estaba mi cuerpo físicamente antes de esta lesión. Y dolía. Dolía pensar que no iba a poder, dolía sentir cómo todo tardaba, dolía sentir mi cuerpo agotado tras una carrera y dolía mentalmente no sentirme como quería.

El “proceso lento” me llevó a volver a correr, me llevó a jugar, a sentir la adrenalina en mi cuerpo, a sentir menos dolor. Ese proceso que sufrí y lloré me dio a entender que nada es imposible. Que puedo caer y levantarme. Que puedo dar más si lo propongo y que puedo, si quiero, hacerlo todo. Ese proceso que odié y que no supe entender fue el que me ayudó –un año después- a ser quien soy y a estar donde estoy.  

Mi alquiler

Alquilé mi cuerpo y lo sigo alquilando por unos cuantos pesos. Sí, digo que lo alquilo porque sigue siendo mío. Lo alquilo a la universidad que todos los días me quita más. Lo alquilo a quien no merece que use mi rodilla, que salió en algunos miles reconstruir. Alquilo mi mente en pensar cómo ser mejor jugadora, alquilo mi alma al dar hasta mi último suspiro en la cancha y alquilo mi cuerpo sabiendo que puedo volver sin algo más y que nadie va a pagar por eso, solo yo. Pero amo lo que hago y aunque parezca poco para mí esto vale mucho.

Author: Alondra

Estudiante de comunicaciones con concentración en noticias. Jugadora de fútbol en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Arecibo

3 thoughts on “El alquiler de mi cuerpo”

  1. !Tener exito no es un accidente!
    Implica, requiere trabajo duro, perseverancia, sacrificio, disciplina, pero mas importante pasion y amor por lo que haces!! Excelente escrito.. Seguir adelante es la meta….

  2. Ufffff,me encantó el reportaje,a la chica que lo escribió,le deseo muchos éxitos y que se cuide ,soy abuela de 2 estudiantes universitarios gemelos ,la niña ya tiene su primera leción de ligamento de rodilla ,son becados y sé que se deja la vida en cada práctica y en cada juego, pero como aman lo que hacen , también se deja el corazón ,bello el reportaje.

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