Trabajar en un restaurante de comida rápida es como abrir una cajita de sorpresas todos los días porque no sabes lo que te espera luego de ponchar tu entrada. Ser cajera es sencillo, debes de actuar como una máquina de hacer comida, cobrar, cuadrar al chavo y sobre todo, lo más importante: sonreír no importa qué.

Al momento en que pones tu dedo en el ponchador y la computadora dice In o End break, te olvidas de ti, tu nombre es ignorado por el tiempo que dure el turno y pasas a ser una cara más de una cadena de restaurantes. Tus sentimientos no cuentan, si estás indispuesta no es incumbencia del gerente y mucho menos del cliente.

Tú solo sonríe y agranda todos los combos que puedas, porque si no lo haces pones en riesgo tu trabajo.

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Mediodía

Son las doce del mediodía, parece que todo el mundo quiere almorzar en el mismo lugar. Llega la muchedumbre y la primera cara que ven es la mía frente a la caja.

Algunos clientes se quejan del frío, pero yo tengo calor, mucho calor. El vapor de la cocina lo siento en mi espalda y hasta una gota de sudor corre por mi cara. Pienso secarla con mi mano, pero de inmediato recuerdo: “está prohibido tocarse la cara en el trabajo”.

Me siento incómoda. Puedo sentir la tensión y el estrés que tienen todos mis compañeros. La fila llega hasta la puerta de entrada, el bullicio de los clientes y de la cocina retumban en mis oídos. Todos tienen hambre. Yo tengo hambre.

Entre tanta ansiedad decido dedicarle mi mejor sonrisa a un desconocido y le digo:

Buenas, bienvenido. ¿Su orden es para aquí o para llevar?

Al parecer el cliente está satisfecho con mi trato, le repito su orden, para corroborar y me dice que está correcta. Procedo a hacer el montón de preguntas que me exigen en el momento de la compra:

-¿Desea agrandar su combo?

-¿Desea añadir algún postre o café a su orden?

-¿Sería todo?

-¿Desea cooperar con…?

Mientras atiendo y cobro, también debo servir y entregar la comida. Repito en voz baja muchas veces las órdenes para no olvidar nada. Entrego tres órdenes y regreso a la caja con una sonrisa de oreja a oreja para decir:

Siguiente en fila.

Mientras hablo con mi nuevo cliente, puedo escuchar todas las quejas de la fila:

¿Por qué son tan lentos?

¡Me quiero ir!

-¿No pueden avanzar?

¿Por qué hay una cajera si hay dos cajas?

Yo sonrío, escucho todo y simplemente sonrío. Veo sus rostros molestos y uno que otro me clava una mirada intimidante. Yo también me quiero ir, pero aún falta una hora para eso.

Hago mi mayor esfuerzo para concentrarme solo en la persona que tengo de frente, pero siento una sombra que se acerca a mi y me interrumpe:

¡Esto no fue lo que te pedí! – lo dice con la boca llena, al parecer ya había comido bastante de la comida que le había entregado hace algunos cinco minutos.

Le sonrío al cliente que estaba atendiendo antes y le pido disculpas. Luego miro a los ojos a la persona que me interrumpe y le digo:

¿La puedo ayudar en algo? – pregunto aún sonriente.

¡Esto no fue lo que te pedí! ¡Esto no me gusta! – va subiendo la voz y lanza el plato sobre el mostrador blanco, hasta llegar a mí.

Puedo sentir cómo un calentón sube por mis piernas hasta mi cabeza. Nunca nadie había tenido la osadía de tratarme así. Trato de controlarme y respiro hondo para poder bajar mi coraje. La miro a los ojos, sonrío, pero esta vez se nota que estoy fingiendo y contesto:

Le repetí la orden y usted me dijo que estaba correcta.

¡Si, pero esto no fue lo que te pedí! – lo dice aún más alto y en tono arrogante. Hasta pienso que se siente superior a mí.

No se preocupe, esto tiene arreglo. – No puedo creer lo calmada que le contesto.

¿No puedes entender? Yo no te pedí esto.

No digo nada. Tomo el plato en mis manos y lo llevo a la cocina para “arreglar mi error”. Regreso con el plato que el cliente deseaba. Le entrego una orden nueva, otra bandeja, cubiertos nuevos y claro, no puede faltar mi sonrisa.

Muchas gracias y disculpe los inconvenientes. – Jamás pensé que tendría que pedir disculpas por algo que no hice, pero si quiero mantener mi trabajo, debo llevar la fiesta en paz.

El cliente no dice nada, solo agarra la bandeja casi arrancándomela de las manos y se va. Nadie me ayudó, todos mis compañeros siguen en sus puestos y la fila continúa creciendo.

Respiro hondo, trato de calmarme y sonrío como si nada hubiera pasado. Continúo con mi orden pendiente, mientras miro desesperada la hora y pienso: solo faltan 30 minutos.

Soy un rostro más, mi tiempo y mi sonrisa valen $7.25.

Author: Zahira Jiménez

Estudiante de Comunicaciones en la Universidad de Puerto Rico. Área de énfasis: Noticias

2 thoughts on “Servir alegría por $7.25”

  1. Me encanto este artículo. Realmente es así q trabajan los empleados de comidas rápidas. La gente los mira hasta con despreció. Por ese yo soy amable y les hablo con respeto. Si todos pensaran así será todo diferente. Excelente trabajo!

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