Por: Zaelys A. Pellicier Plaza (zaelys.pellicier@upr.edu)

Me siento en mi silla favorita del comedor un viernes durante la mañana, enciendo el televisor y el abanico para tener compañía en las siguientes horas. Prendo la computadora y abro una nueva página de Word para comenzar un nuevo artículo. En un día común y corriente mis dedos estarían bailando en el teclado, creando palabras y juntando frases en un esfuerzo por ilustrar algun suceso. Sin embargo, en estos momentos el cursor aparece y desaparece y ni siquiera una letra surge en el papel.

Qué raro esto, ¿por qué no me sale nada? Quizá hoy es uno de esos días donde desconectarse de la tecnología es lo ideal. Regresemos al clásico papel y bolígrafo. Voy a mi cuarto, busco una libreta escrita a medias con ideas esporádicas y mi bolígrafo favorito. Me siento en un sofá para “parir” la idea. Surge un minuto, luego cinco, y luego pierdo la cuenta. ¿Qué hay en el papel? Absolutamente NADA.

Ok, cerebro te necesito ahora. ¿De qué podemos hablar?, expreso para mis adentros, y a todas estas, ni un «la» se materializa en el papel frente a mí.

Vamos, hay muchos temas que se pueden tocar. ¿Con cuál nos vamos?- sigo diciendo con un poco de desesperación, mientras el papel se mantiene con su color blanco brillante, el bolígrafo no expulsa tinta y la computadora sigue descansando en un rincón.

El bloque inicial de escritor es una aflicción común entre escritores.

Ese es el momento en el que me doy cuenta que he llegado a la pesadilla de todo creador, ese momento donde caes en un vacío sin palabras y dudas de todas tus capacidades. El bloqueo de escritor es mi peor enemigo.

Comienza un período incómodo y tedioso de ansiedad. Me siento inquieta, me voy a caminar por toda la casa sin un rumbo específico. Siento dolor de cabeza, toco mi pelo rizo repetidamente, comienza el sudor frío en mis manos y lanzo mil suspiros al aire rogando por alguna idea concreta.

Decido buscar en internet remedios para salir de este estanque. En miles de páginas aparecen los mismos consejos: escribe palabras aunque no tengan sentido unas con otras e intenta vincularlas, escucha música, lee un libro, descansa un rato. Intento cada recomendación, pero cuando vuelvo a intentarlo, mi mente se queda sin palabras. De ahí prosigo a la manera más popular de perder el tiempo: dejarme consumir por el teléfono durante horas entre redes sociales y juegos móviles.

Pasa el día y aún no visualizo siquiera un título para el escrito. Misión imposible. El tiempo se burla de mí, mientras las manecillas del reloj vuelan, la luz del sol empieza a tomar su descanso diario y aquella voz mental grita

-» ¡Se te acaba el deadline! ¡Acaba y escribe!»

En altas horas de la noche mi papel está lleno de garabatos. Un juego de frases, palabras tachadas, dibujos y líneas, pero nada se entrelaza para formar una historia que merezca la pena contar. Es ahí cuando digo: “Ok, mañana es otro día. Dejemos esto por hoy”. Cierro mi libreta, apago los electrónicos en la casa y me acuesto en mi cama sintiéndome derrotada.

¿Por qué me pasa esto cuando más necesito escribir? ¿Tendré el escrito a tiempo? ¿En realidad estaré hecha para esto? Esas son las dudas que provocan que dé otra ronda de vueltas y surjan malestares en el estómago y suspiros mientras trato de conciliar el sueño.

De momento surge, temprano en la madrugada, el momento más frustrante pero mágico de toda la experiencia: ¡ha llegado una idea! Antes de que se esfume me levanto rápido a escribir par de oraciones. Aunque sé que no escribiré algo monumental a esta hora –el sueño siendo un gran rival- el optimismo de que en la mañana podré lograr mi objetivo me impulsa a retomar mi gran pasión por algunos minutos.

Así transcurre otro episodio de bloqueo de escritor, un proceso común de reducción creativa y bloqueo mental que ataca hasta al escritor más dotado. Sé que esta historia no será la última: pronto llegará otro momento de escritura, y tal vez mi cerebro marche a toda velocidad o vuelva a un desastroso estanque. En esos momentos me olvido del futuro y sus retos, solo me concentro en transformar garabatos en un bosquejo ordenado.

Los siguientes días es puro trabajo. Aún ocurren instantes de bloqueo mental, pero rápido el papel, el bolígrafo y yo nos ponemos de acuerdo para llegar hacia nuestra meta.

Lunes en la mañana llega el momento de entrega de este artículo. Con un poco de nervios, pero el escrito finalizado en la computadora, espero el destino final de esta aventura.

-«Próximo!» exclama la editora señalando mi turno

Respiro hondo, me levanto y ruego que el escrito se convierta de un suceso frustrante a un nuevo éxito.

Zaelys Pellicier

Author: Zaelys Pellicier

Estudiante de Comunicación Tele-Radial en la Universidad de Puerto Rico en Arecibo. Intereses dentro del campo: Periodismo y Producción/Dirección

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