Por: Nashaly Z. Muñíz (nashaly.muniz@upr.edu)

Figuras talladas en caoba, cedro y otros tipos de madera. Más de 15 pinceles en un frasco de cristal. Envases de pinturas y navajas con diferentes cortes, son los testigos del mejor lugar para estar de Salvador Muñiz Saldivia alías Chavoy, mi abuelo, un artesano rincoeño.

Papá

Mi artesano favorito.

Caballero de tez blanca, cabello claro y ojos como el agua cristalina del mar.   Amante del café con leche en las mañanas y tardes. Fiel seguidor de la política, apasionado por béisbol, lector fiel de los periódicos: El Vocero y El Nuevo Día, experto en matemáticas y un creador de artesanías. Fue un artesano en silencio porque nunca se inscribió en el Instituto de Cultura por no querer involucrarse con la política del país.

A pesar de no lograr obtener su licencia oficial de artesano, creó y talló figuras de gran valor y que merecen ser vistas. El inicio y desarrollo de cada pieza comenzó en un lugar especial: el cuarto de abajo.

En el cuarto de abajo

A diario compraba pan y el periódico del día en el pueblo. Llegaba a la casa, se tomaba su taza de café y bajaba a su espacio favorito: “el cuarto de abajo”.  El espacio se ubicaba al bajar las escaleras en la parte trasera de su casa en Rincón.  Allí lo esperaba un tronco de árbol que se convertía en su asiento de vez en cuando. Tenía una caja de zapatos con envases llenos de pinturas, más de 15 de pinceles y varias navajas, que eran sus herramientas de trabajo con las que marcaba cada detalle, cada corte en la madera.

Sin haber tomado ningún curso artesanal y según lo aprendido de su padre, le daba forma a cualquier tipo de madera.  Hacía un corte aquí y otro allá. Así transformaba un trozo de madera en una figura.  Por costumbre la gran mayoría de sus creaciones terminaban siendo Gaspar, Melchor y Baltazar, los tres reyes magos. En cada rincón del “cuarto de abajo” se encuentran diferentes escenas de los reyes.

Una imaginación sin límites hizo que con sus manos creara en madera el trio de reyes, a color, pintados en barniz, montados a caballo y otros, sobre un camello.  Una de sus más impresionantes creaciones fue tallar a los reyes jugando dominó, acompañados de regalos y de sus tres caballos. 

Entre tantos tipos de navajas que permanecen en el cuarto de abajo esta era una de las preferidas de Papá.

Costo no es sinónimo de valor

 

Abuelo dedicó gran parte de su vida a las artesanías y a pesar del talento que tenía, optó por no vivir de la ganancia de ellos.  Fue con el paso del tiempo que Papá Chavoy permitió la entrada de visitantes a su taller, logrando así vender una que otra creación.  El costo de cada artesanía es de aproximadamente $300 o $400, por la elaboración y complejidad de la figura. El precio de sus creaciones, sin embargo, no es sinónimo del valor que guarda cada una de sus piezas.

Sus creaciones llevan consigo el calor de unas manos puertorriqueñas, el valor, la precisión, el esmero y la magia con la que tallaba cada detalle único. 

La gente admiró sus artesanías a través de palabras, pero ni el mínimo gesto realizaban por llevarse una a su hogar. Pasaba el tiempo y solo escuchaba admiración y rebajas de personas que no invertían en su arte, pero sí, en la artesanía de otros países.  Sin embargo, cuando una figura era adquirida por un cliente, había un valioso motivo para justificar la sonrisa que se dibujaba en su rostro. Ese instante de vida se convertía en un fragmento de su historia.

La partida de mi artesano

Todo fluía con normalidad hasta que un viejo y abandonado mal hábito regresó a la vida de Papá: fumar.  Fue una caja de cigarrillos la que marcaba su bolsillo en las mañanas y otras veces aparecía escondida entre las herramientas de trabajo en el cuarto de abajo, por las noches.

Un tiempo después de ese regreso su salud cardiovascular empeoró, situación que lo llevó al hospital. De esa salió y regresó a casa. Fue la primera vez que se mantuvo fuera y el inicio de una despedida.

Con dificultad frecuentaba el taller. Llegó una oportunidad de exposición, gracias a una galería conocida como “Playa Oeste” muy cercana a su hogar.  Decidió darse la oportunidad y expuso sus figuras a la venta.

Con el tiempo aumentarían las complicaciones de salud. Sus piernas se inflamaron, su piel se resecó de manera drástica, comenzó a sentir dificultad al caminar, se adueñó de él la retención de líquidos y regresó al hospital.  Sin importar la difícil circunstancia, el buen humor de mi abuelo aún permanecía, pero su fuerza artesanal se alejaba de él.  Luego de esa segunda vez en el hospital, no hubo regreso.  El 19 de mayo del 2011 en un vaivén en la Clínica Bella Vista de Mayagüez, mi artesano partió para no regresar. 

Dejó figuras a mitad, otras terminadas, un olor a madera quemada, herramientas de trabajo abandonadas y un enorme vacío en el corazón de su familia.  Sus hijos, Salvador, Yolanda y Orlando fueron los responsables de cuidar por algunas figuras que permanecían en la galería.  Debido al proceso lento de ventas decidieron recogerlas y regresarlas al viejo cuarto, donde aún estan.

Hoy día llegan personas buscando a mi artesano para ver su arte y desconocen de su partida.  Se disculpan. Se retiran con asombro, pues han llegado tarde.

Una de las pocas piezas que quedaron sin terminar.

Un legado en su nieta

Crecí en su entorno y fui parte de la historia que hoy resumo en una crónica. El arte de mi abuelo marcó en mi corazón el valor artesanal. Esa marca es un legado que me ha cambiado la vida.

Cada vez que llego a una exposición artesanal, me detengo a admirar cada mesa. Recorro y me detengo a mirar una por una con gran precisión. Luego suele llegar ese instante cuando levanto la mirada y me saluda la sonrisa de un artesano desconocido. Esa es la sonrisa que cambia mi dia y ese ser humano es quién me recuerda a mi Papá Chavoy.

Todo porque aprendí que una creación reúne tantos factores: la esencia de su artista, el esfuerzo de esas manos que le dieron forma, ese esmero de garantizar armonía en cada detalle y la pasión por el arte. Esa admiración artesanal fue lo que talló en mi corazón, mi artesano favorito, Chavoy.

Una de sus ultimas creaciones.
Fue especialmente creada para mi abuela Mamá Lala, su gran amor.


Author: Nashaly Muniz

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