Por: Eric D. Figueroa Ayala (eric.figueroa2@upr.edu)

«Por orden del Departamento de Bomberos, no entra nadie más al Coliseo». Son las palabras del guardia de seguridad en plena entrada al Coliseo Manuel «Petaca» Iguina Reyes de Arecibo, hogar de los Capitanes del BSN. Apenas son las seis de la tarde y ya no cabe un alma más dentro de la estructura deportiva; es el sexto partido que enfrenta a los locales y a los Vaqueros de Bayamón, quienes deben obtener una difícil victoria jugando en gallinero ajeno.

Soy de los muchos varados frente a la puerta, entre el calor, la tensión y hasta cierto punto, la injusticia del momento. Mi reloj marca las siete de la noche y apenas puedo mirar al fondo de este gallinero sin orden alguno.  Alrededor de mil personas con el mismo deseo y destino en mente: lograr entrar al Coliseo para presenciar el partido. La incertidumbre se apodera de los fanáticos.

Entre el sudor de las camisas resalta el color amarillo. Es obvia tanta cantidad de personas que han acudido a este evento, ya que si Arecibo gana, se convertiría en el campeón por segunda ocasión en tres años.

La euforia se siente y de igual manera el disgusto como consecuencia de la mala planificación. Cada vehiculo que entra se estaciona en la grama o encima de la acera. Las personas llegan y preguntan: ¿por qué no entramos? Para el fanático es difícil de entender que no haya cupo para nadie más dentro del Coliseo. Mientras en la boletería, el dinero fluye como el agua.

La pregunta sobre porqué ante la orden de bomberos se continua sobre vendiendo los boletos, se convierte en más común de lo normal, mientras la paciencia de los presentes comienza a agotarse. A mi lado derecho, una dama habla desesperada con su pareja que se encuentra dentro del Coliseo. «Yo les estoy diciendo que te dejen pasar, que andas conmigo y que tú eres mi esposa, pero ellos no quieren», se escucha por el altavoz de su teléfono celular.

La deshidratación es evidente. Un cartón de una caja de cerveza sirve de abanico ante la poca ventilación provocada por el mar de gente que espera en aquel gallinero. Algunas fanáticas se amarran el pelo en forma de dona, ante el calor intenso. Otras ajustan sus camisetas haciendo un nudo y dejando torsos al aire libre. Al lado derecho de la entrada principal, un vendedor de mantecados hace las ventas del día con aquellos que buscan refrescarse.

Son casi las siete y media de la noche. Aquí me encuentro, en el mismo lugar, deseando que la situación se mantenga bajo control. De repente frente a nosotros, la fuerza de choque de la policía de Puerto Rico hace su entrada. Solo deseo que su presencia sea para mantener algún tipo de control. Para mi asombro, siguen su paso al interior del coliseo y las afueras aun sin supervisión policiaca. Esto es una olla de presión a punto de estallar. Fanáticos golpean con furia las puertas, mientras le gritan a los que están adentro palabras obscenas. La intensión parece cada vez más clara y la tensión crece. Forzar la puerta principal es el objetivo final de los que esperando permanecen.

El ambiente que se respira es altamente hostil. Es cómo un barco a la deriva, sabemos cómo comenzó pero no como va a terminar. Yo permanezco con esta única esperanza de que se detenga la dispensa de boletos. Optimista miro hacia la boletería, ante mi sorpresa, continua operando. “Ningún control por parte de la liga y sus directores”, le comento a un conocido. Al cabo de unos minutos llega un amigo y compañero de la prensa, mientras yo solo pienso, en qué voy a hacer si la situación se sale de control.

Con los nervios de punta y recordando el incidente de la final del 2010 en el Coliseo Rubén Rodríguez de Bayamón, me limito a esperar. El vaivén de los golpes en las puertas y el ruido de la muchedumbre conglomerada en la fila aumenta, apoderándose de los oídos de aquellos que solo se limitan a observar. Mi respiración profunda continúa, todas las posibilidades están sobre la mesa.

El compañero de prensa que se destaca como fotógrafo me indica: “No me dejan pasar, no están dejando pasar a nadie de la prensa”. La molestia entre las personas es evidente, no encuentran justo que le cobren por un boleto, sin tener asientos para ellos, ni pagar por el estacionamiento, cuando el lote está lleno.

Fanaticos abarrotarón el Coliseo ante la sobreventa de boletos.


De repente la primera puerta de derecha a izquierda se abre un poco, apenas comienza el juego. Adentro transcurren algunos pocos minutos del primer parcial. El desespero es evidente. Se avalanchan sobre la puerta varios fanáticos y logran forzar la misma, mientras al fondo de la fila se escucha alguien que grita varias veces: “Empuja!”. Los pocos efectivos de seguridad destacados en la entrada se quedan atónitos. Intentan desesperadamente contener a los fanáticos. Las personas continúan empujando mientras ningún efectivo de la policía hace acto de presencia.

De repente un guardia de seguridad empuja a uno de los fanáticos en un intento por contener la situación. Se suscita un forcejeo entre ambas partes. Los fanáticos, ante el desespero del momento, continuan empujando y entran despavoridos al Coliseo. Al mismo tiempo otras personas rempujan a los demás guardias de seguridad privada, lanzandole puños y patadas.

Mi indignación es evidente, siento la necesidad de cubrir este evento. Saco mi celular del bolsillo y comienzo a grabar. Hago una toma abierta del área. La fanaticada continua entrando sin control. Frente a mí la gente corre por los pasillos del coliseo como si se tratara de una venta del madrugador. Ante mi presencia, una muchacha con su novio, grita, llora, se tapa su rostro y se desploma en el piso, casi ante mis pies. Acto seguido, su novio, la levanta, tratando de reanimarla. Esta muchacha claramente afectada, fue de las primeras en entrar.

Parte de lo sucedido en la entrada.

La magnitud del evento es impresionante. Los pasillos del coliseo se encuentran repletos de fanáticos. Apenas puedo caminar por las escaleras que están llenas de personas sin asiento. Emocionalmente un poco afectado, trato de procesar la situación. Mi padecimiento de ansiedad provoca que en ocasiones que se presentan situaciones como esta, me desespere. Me siento en una de las escaleras luego de estar dos horas y medias de pie en aquél gallinero para tratar de controlar mis emociones.

En ningún deporte y bajo ninguna circunstancia se debe jugar con la seguridad del fanático. La venta desmedida de boletos en especial en estas series finales ha pasado a ser una tradición en nuestro baloncesto. Tal vez multar al equipo no es suficiente, ante la ausencia de un buen plan de trabajo que este bien ejecutado. Ojalá y nunca se pierda una vida como consecuencia de un boleto sobre vendido.

Author: Eric Figueroa

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