Por: Krystal Vega López (krystal.vega1@upr.edu)

17 de abril, un día como cualquier otro, pese a que me encuentro en vacaciones de Semana Santa. Me levanto temprano porque mi mejor amiga pasaría tres días en mi casa y toca ir a recogerla a su casa en Barceloneta.

Después de perderme dos veces gracias a “Google Maps”, decidimos ir a Plaza del Norte, en Hatillo. Llegamos al estacionamiento del centro comercial y logro conseguir estacionamiento en el área en que acostumbro. Tras una parada en Chilli´s para comer, decidimos dar fin a la jornada.

Salimos a las 6:00 p.m. y nos kilómetros más adelante me percato que una guagua blanca con tintes oscuros nos seguía. Al cabo de dos semáforos, se adueñó de mí la preocupación. Trato de no lucir paranoica, sobre todo para no asustar a mi amiga, y sigo pensando que tal vez su destino sería igual que el mío: incierto.

Inician los nervios. De pronto llegaron a mi mente las historias que cuenta mi padre sobre los “carjackings” que han sucedido en las pasadas fechas. Todos, en los estacionamientos de Plaza del Norte. Comencé a sentir el sudor brotar por mis manos.

Miro constantemente que el carro tuviera los seguros. Piso el acelerador, me alejo un poco pero vuelve y se acerca. Ya oscurece. Entramos a la Carretera 129 en Hatillo. En un tramo, la oscuridad es dueña del camino. No hay iluminación, no hay señal de teléfono y nos encontramos entremedio de dos montañas.

La guagua color blanca está cada vez está más cerca y ahora comienza a hacer cambios de luces. De inmediato, preocupada, le digo a mi amiga:

No te asustes, pero nos están persiguiendo.

Trato de mantener la compostura, sobre todo porque ella es dos años menor y sentí que necesitaba ser como la hermana mayor. El miedo me consume, siento mis manos temblar.

Foto suministrada

Sin poder alejar la mirada del retrovisor, un frío se apodera de mí. Los cambios de luces no acaban, miro a mi amiga y la noto algo desesperada. Frota sus manos en su cara constantemente y mantiene la mirada fija en la camioneta color blanca que por más de media hora segue tras nosotras.

Llega a mí el recuerdo de una historia que una vez me contó mi primo.

“Salí del trabajo de noche (Chili’s de Carolina) y en la autopista venía este carro detrás de mí y me empezó a hacer cambio de luces. Yo lo seguí hasta que se cambió justo a mi lado y fue en ese momento que lo vi con una pistola. Me detuve, se bajó un muchachito y me preguntó por alguien más. Como vio que yo no sabía quién era, se fue.”

Con las manos frías y los ojos pegados al espejo retrovisor, insisto en mantener la compostura. No es secreto que desde hace varios años una aguda y preocupante ola de criminalidad arropa el país. Recientemente en el programa Jugando Pelota Dura, se comentó que mensualmente en Puerto Rico, ocurren aproximadamente 400 casos de robo armado de vehículos.

Piso el acelerador. Me concentro en escapar y perder a la guagua blanca. Logro distanciarme. Puedo sentir los latidos acelerados de mi corazón. La siguiente luz está intermitente y aunque alguien de otro carril iba a desviarse por el que estaba, decido arriesgarme y pasar primero que la otra persona.

Cruzo obligando al carro del carril contrario a frenar en medio de plena calle. Escapo, la guagua blanca no logra pasar a tiempo. No fui capaz de producir palabra en todo el camino. Reina el silencio y a la vez, un sentimiento de alivio.

Llegamos sin ningún otro inconveniente a mi casa. Ahí logré respirar tranquila. Esa noche decidí no contarle nada a mi familia para no angustiarlos. Acostada en mi cama y ya lista para dar borrón y cuenta nueva, pero aun en mi mente persiste esa guagua de color blanco.

Krystal Vega

Author: Krystal Vega

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