Por: Zulymar Droz Guerrero (zulymar.droz@upr.edu)

Son las 6:00 p.m. y en el Estadio Hiram Bithorn se siente el entusiasmo de la fanaticada por ver a su equipo nacional de baloncesto 3×3 masculino. Entre sol y lluvia algunos cruzan por el terreno de juego para disfrutar unas frituras. Otros prefieren permanecer en el área para no perder su espacio en las gradas. En el público se siente la euforia. Se observan las banderas y se escucha el bullicio. Los minutos transcurren entre pláticas de extraños, pero al final del día puertorriqueños con un mismo anhelo: ver a su equipo triunfar.

Llega el momento de enfrentar a Australia para ponchar el boleto al Mundial de Baloncesto 3×3. La adrenalina se siente en los presentes. El conjunto compuesto por Ángel Matías, Luis “Pelacoco” Hernández, Gilberto Clavell y Tjader Fernández entra al tabloncillo y en sus rostros se percibe su espíritu aguerrido y el anhelo de ganar ante su país.

A las 6:30 p.m. el partido comienza y solo hay dos cosas pueden privarlos del Mundial, diez minutos y el equipo australiano. Luis “Pelacoco” Hernández abre el marcador. Restan 8:18 y tras un careo entre ambos equipos, la fanaticada se convierte en el cuarto hombre en cancha. El marcador se encuentra 5-0 a favor de los puertorriqueños y están cerca de cumplir su sueño.

Se siente la tensión. Los australianos toman la delantera del partido 6-5, pero la energía de los aquí presentes incrementa. Los puertorriqueños están decididos a clasificar al Mundial y hacer historia en su tierra. El partido se mantiene parejo. El reloj marca 2:22 y el marcador se encuentra 18-16, ambos países muy cerca de ser mundialistas.

El tiempo corre. El reloj marca 1:47 y el marcador se encuentra 20-17. La fanaticada se pone de pie. Un punto los separa de clasificar por segunda vez consecutiva al Mundial. Ante la emoción e intensidad del momento Puerto Rico comete una falta personal que podría acercar a los australianos al Mundial. El público hace un ruido ensordecedor y Australia solo anota una de dos tiradas libres.

Nuevamente, todos de pie y con bandera en mano listos para celebrar. El rostro de los australianos demuestra que no se rendirán, mientras el de los puertorriqueños refleja añoranza. Un mismo sueño, solo un ganador. Gilberto Clavell poncha el boleto a Holanda. Las emociones inundan a los espectadores. El pueblo celebra entre gritos y saltos. Se repite la historia, se vive una vez más el orgullo patrio en el Estadio Hiram Bithorn.

Las emociones no solo invaden a la fanaticada, sino también a los jugadores. Este evento tiene un significado especial para ellos y es que la “cocinita” de barrio hoy es mundialista.

“Yo soy nacido y criado en barrio y caserío de Puerto Rico. Allí se jugó todos los días lo que llamamos la cocinita. Nunca pensamos que un evento como este fuera a llegar a tantas magnitudes”, expresó Ángel Matías.

El baloncesto de barrio o residencial, ahora reglamentado, hoy llena de euforia y orgullo a un pueblo. Una modalidad rechazada y menospreciada por muchos, en la actualidad cambia vidas. Aquel joven que todos los días estaba en la cancha de su residencial y barrio, hoy es mundialista.

“Hay mucho talento en los residenciales y barrios de este país (Puerto Rico). Es cuestión de darles ayuda, porque a lo mejor son personas de escasos recursos”, agregó Matías mientras observa a los niños jugar en el canasto.

Los niños corren por los alrededores y buscan con la mirada a sus héroes. Les piden consejos, se toman fotografías y sueñan ser como ellos. Como los jugadores que hace unos minutos les demostraron que los sueños se hacen realidad si trabajas por ellos, no importando si eres del residencial o barrio.

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