¿Será que se puede vivir sin un padre? ¿Puede una madre cargar la sombra machista que la acompaña desde que se tiene uso de razón? Estas interrogantes llegaron a mi mente aturdida mientras esperaba el sonar del reloj, que marca mi hora de entrada: las siete.

El sueño me consume, mis ojos se cierran.

Apenas comienza el día y mientras esto acotence en mi interior, era inevitable no escuchar la profunda, pero interesante conversación que surge de una de las esquinas del frío y un tanto oscuro comedor del trabajo.

Seis y treinta de la mañana. Corre el reloj apresurado a marcar las siete y ya casi toca entrar al turno.

Como de costumbre, me dirijo al cuarto de servicio al cliente a buscar mis materiales para marcharme a mi caja registradora. Ya casi es hora de prender la bombilla blanca de la «Caja 4».

El pan soba’o, el medio galón de leche y la media libra de café nunca pueden faltar sobre la goma corrediza. Me preparo para decir: «buenos días» una y otra vez.

Me preparo para sacar a flote mi lado de consejero y psicólogo para escuchar a aquellos que visitan el supermercado buscando una mera plática.

Antes de realizar todo esto, presto atención con cautela a una chica alta, delgada, un tanto reservada y quien luce unos 25 años de edad. Posee una mirada caída y estaba muy bien acompañada de su flamante y larga cabellera roja. Lo más interesante fue escucharla verbalizar estas palabras:

Sabes, tuve a mi primer hijo cuando apenas tenía veinte años y desde entonces soy madre soltera. Me he encargado de darle todo lo que tengo, pues nunca he contado con su papá monetariamente. Tan pronto quedé embarazada, terminó conmigo.

Escuchar estas palabras abrieron un mundo de preguntas y lagunas de desinformación, que a su vez dieron espacio a una plática entre dos compañeras que vociferaban a una voz cuestionándose, la razón por la ausencia de la figura paterna en la vida de sus hijos.

Me pareció un tanto curioso, pues según una nota publicada por El Nuevo Día, para el 2017, el 58% de los hogares en Puerto Rico estaban compuestos por mujeres solteras con sus niños.

Escucharlas hablar hacía volar mis pensamientos a mi niñez. Yo también soy el fruto de una mujer que toda su vida se ha dedicado a llevar el pan a la mesa, sin contar con el respaldo de nadie.

Sí, verla a ella era ver a mi madre luchando a lo largo de mis veinte años.

A la mujer, no se le hacía difícil hablar sobre el tema. Abiertamente diluía palabras en el aire que reflejaban una vida de arduo trabajo. La expresión de su rostro daba a entender el orgullo que sentía por ser madre soltera. Aunque fueron pocas las palabras que intercambiaron entre sí, fueron mas que suficientes.

Llegó el tiempo de entrar y tras casi veinte minutos de pláticas y discusión, éstas dos mujeres llegaron a una sola conclusión.

Aunque si bien es cierto que hay un modelo estándar de la “familia tradicional” compuesta por mamá, papá e hijos, hay que destacar que los tiempos no son los mismos.

Sin duda alguna, quedó demostrado en muy pocos minutos que la figura femenina fue, es, y seguirá siendo autosuficiente.

Por fin suena el reloj, son las siete. Cada cual toma su rumbo, ya es hora de trabajar.

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