Era viernes, el día más esperado pues comenzaba el fin de semana y esto significaba regresar a casa luego de una semana ajetreada de estudios. Recogía con calma mis cosas, pero sin pausa; doblaba mi ropa para irme, pero detuvo mi ritmo la actitud inquieta de mi housemate cuando recibió una llamada de su padre. Específicamente esa semana ella no se iría el viernes para casa, sino sábado. Sin embargo, una amiga suya se adelantó y ya iba en camino a recogerla.

Desde mi cuarto percibí su ansiedad que me transmitió; pude sentir su miedo. A su madre le habían diagnosticado cáncer en etapa avanzada hacía exactamente una semana y esa mañana no habían transcurrido ni 24 horas que había sido dada de alta del hospital, tras poco más de un mes internada.

Tuve miedo también, mi cuerpo entero comenzó a temblar a medida que la escuchaba cuesitonarle a su padre la razón por la cual irían a recogerla cuando el acuerdo había sido que la buscarían sábado.

Ella continuaba pidiéndole una respuesta y preguntándole si todo estaba bien con su madre. Él le decía que sí, pero que tenían que buscarla. Su cuerpo temblaba. Apenas puedo describir en palabras lo que pude percibir de ella con tan solo escuchar cómo temblaba su voz al hablar. En ese momento lo único que supe hacer fue aferrarme a mis creencias y pedirle a Dios que no hubiese pasado nada, sin embargo, mi corazón latía fuerte porque todo pintaba distinto.

– “Pásame a mamá”, le dijo a su padre, refiriéndose a su abuela. Acto seguido, su padre cedió.

– “¡Dime qué está pasando! ¿Cómo está mami?”.

Preguntó con ansiedad a su abuela sabiendo que ella le diría la verdad. De eso a que se paralizara mi corazón por su grito ya esperado, no pasaron dos segundos.

– “¡Nooooo!” gritaba en estado de shock con dos manantiales en su rostro.

Tiré lo que tenía en mis manos y salí corriendo a la sala. Mi mente quedó en blanco, sabía que no había palabras para ese momento; nada podría calmarla, nada podría sanarla.

La abracé tan fuerte como pude, me senté con ella y lloró en mi hombro. Jamás había sentido tanta impotencia como cuando le dije: “Ella ya no sufre más”. Sabía que mis palabras habían sido en vano y que probablemente – y sin querer – solo había alimentado su dolor.

Ella lloró y gritó por unos minutos. Otra compañera y yo nos quedamos con ella en la sala, hasta que se calmó y decidió ir a recoger sus cosas. Esa mañana comprendí que el miedo más grande oculto en mí es el mismo que se convirtió en su realidad, y la felicidad que guardaba ese viernes por llegar a casa, dio un revés que transformó mi día en uno completamente inesperado.

Enfrentar esta situación que no pensé vivir todavía, me motivó a buscar información sobre el cáncer. El hecho de que Ivette muriera tan repentinamente me incitó a conocer para ayudar. El 22 de febrero de 2018, irónicamente un día antes de la muerte de la mamá de mi amiga, el periódico Metro publicó una noticia donde la directora de la iniciativa Jornada de bienestar y calidad de vida, Maricelly Santiago, habló 74 mil casos nuevos de diagnósticos de cáncer.

La cifra de diagnósticos de cáncer en el país es alarmante y más cuando estamos expuestos a tantos factores que nos enferman. Comenzando por el calentamiento global que enferma la piel, hasta la emanación de gases que afecta los pulmones y los productos procesados que consumimos que laceran los órganos del cuerpo.

Esto lo narro para causar un interés genuino por hacerse anualmente estudios y exámenes de cáncer, una enfermedad que está acabando con la vida de millones de personas alrededor del mundo. La persona que enfrenta un diagnóstico como este, no vive su enfermedad solo, sino que toda la familia sufre la situación en carne propia. El cáncer no debería matar al ser humano; el ser humano debería acabar con él.

Para encontrar información sobre esta enfermedad, sus distintas expresiones en el cuerpo, y otra información importante puede visitar la página del Instituto Nacional de Cáncer como también la página Sociedad Americana Contra el Cáncer. Tu vida vale, examínate a tiempo.

Author: Santia Marrero

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