Por: Ashley M. Padín Barbosa | ashley.padin2@upr.edu

El pasado 15 de marzo dio comienzo al toque de queda con el fin de frenar la propagación del coronavirus en la isla, y desde entonces cada puertorriqueño se mantiene en su hogar. Hoy en día se registran 97 muertes por Covid-19 y 1,808 casos confirmados en el país.

Creo que llegamos al día número 50 de la cuarentena, pero ya he perdido la cuenta. Me ha tocado acostumbrarme a esta nueva rutina, que consiste en estar en mi cama y frente a la computadora prácticamente todo el día. He hablado con mi mente más de lo usual.  Es más, he decidido terminar aquel libro que había dejado a medias. También he visto algunos tutoriales de maquillaje para ver si logro mejorar mis tácticas de maquillista. Además, creé mis rutinas de ejercicios para que las calorías que he consumido en los últimos días no sean tan notorias y, por supuesto he terminado alguna que otra serie de Netflix.

La ansiedad, angustia, falta de ingresos, estrés y miedo ante un contagio, me consume a cada minuto y es que, estar entre cuatro paredes no resulta lo mejor para la salud mental. Desvincularte repentinamente de tu alrededor es algo para lo cual no puedes prepararte.

La verdad es que han sido semanas intensas, largas filas y aglomeración de personas en los comercios para comprar suministros de primera necesidad o hacer compras de alimentos. Siempre está el miedo de un posible contagio de la Covid-19.

Ya la rutina para poder salir de mi casa, las pocas veces que lo hago, es automático. Antes de pisar afuera debo tener puesta mi mascarilla, guantes, y llevar conmigo un rociador de alcohol para desinfectar cualquier superficie.

Un día más me repito cada vez que amanece que sé que es necesario el distanciamiento social para de ese modo evitar y disminuir los contagios del coronavirus.

No está de más decir, que extraño aquellos sábados donde salía a janguear con mis amistades. Ahora solo quedan en mi memoria y en las imágenes que suelo capturar. Extraño la playa, la mayoría de mi tiempo suelo ir con mi novio a disfrutar de un rico atardecer. Estar sentada en la arena tomando un mojito de parcha y de fondo escuchando música de salsa es uno de los mejores placeres de la vida. Sentir la brisa acariciar tu rostro, el sol quemando tu cuerpo y el olor a salitre, es cómo se vive en esta isla tropical.

Sé que no seré la única que piensa que estos días han pasado volando y es que por una parte, las horas ni se sienten. Las clases virtuales aumentan la carga académica el doble; cada día recibo un email con varias tareas. Los exámenes en línea bajo presión hacen que mi frente sude cada vez que veo el tiempo acercándose al final. Me provocan estrés ya que tengo que aumentar mi ritmo y contestar las preguntas correctamente.

Sin embargo, hay algo bueno de esta cuarentena: me ha hecho valorar más la vida, el tiempo, los recuerdos, las anécdotas, las personas y el trabajo. A veces los distanciamientos sociales son necesarios para encontrarte y es en los momentos de soledad que aprendemos a valorar nuestra vida. Entre cuatro paredes apreciamos lo que tenemos. Sé que pronto todo acabará y volveremos a la normalidad, después de todo no muchas veces se ayuda a salvar el mundo desde la casa y es que el 2020 sin duda alguna ha sido legendario.  Ya vendrán mejores tiempos…

Author: Ashley Padín

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