Por: Karody A. Román Camacho (karody.roman@upr.edu)

Se dice que desde el tiempo de los egipcios, los Felis Catus, mejor conocidos como gatos, han sido aliados de los humanos. Bien es cierto que por otra parte a lo largo de la historia se han considerado animales solitarios y antisociales, sin embargo, representan, el tipo de compañía que saca lo mejor de uno e instruyen mucho sobre la vida. Cada vez que en la cotidianidad se atraviesa un acontecimiento difícil, los gatitos lo detectan y se aferran a brindar soporte.

(…)

Me dirigía a comprar un cactus nuevo para añadir a mi colección, en una tienda de jardinería local a la orilla de la Carretera número dos en Quebradillas. Los carros veloces levantaban el polvorín de la vía por donde transitaban. 

Era una tarde calurosa, los rayos del sol encandilaban mis ojos al ver a una pequeñita, desnutrida e indefensa gatita. Sus ojos tristes, amarillos y brillantes me cautivaron. Tenía una mirada llena de miedo que me robó el corazón. No me permitiría a mí misma dejarla ahí desamparada. A pesar de todo, nunca había cuidado un gato, no tenía ni idea de qué debía hacer y no tenía la responsabilidad que representa tener una mascota.

La tomé en mis manos, estaba muy débil y delgada. Al acariciarla podía sentir todas y cada una de sus costillas. Tenía el pelaje lleno de sucio pero aún blanco, de tonos dorados y amarillentos como sus ojos. En su hocico, una mancha en forma de corazón.  

Ya me había cautivado, pero me detuve a pensarlo unos minutos más. La idea a su vez me aterraba. Los pensamientos atacaban mi mente.

-¿Y si no la cuido bien? ¿Y si no se adapta?, ¿Si no me adapto yo a ella?

-“¿Me la puedo llevar?, por favor, por favor”, le preguntaba a mi mamá con insistencia porque a ella no le gustan los gatos ya que sufre de alergias nasales.

Luego de insistir consistentemente, recibí la respuesta de aprobación más inesperada. Me dirigí a la tienda de jardinería y pedí una caja para transportar la gata sin lastimarla.

(…)

Aquella tarde nos dirigimos al veterinario que quedaba al cruzar la Carretera número dos en Quebradillas y una hora y media más tarde ya estábamos en casa. Ruth, como decidí llamarla, tenía sus vacunas puestas y yo había comprado comida, champú y una cama diminuta para que descansara su cuerpecito.

Caída la noche, la acosté en su camita. La arropé con una toalla dentro de una caja en la sala, pero no quiso dormir. Estuvo toda la noche chillando y llorando. No tenía ni idea de qué le sucedía y no sabía qué hacer. Ya había comido, la temperatura era adecuada. ¿Tendría dolor? ¿Sobreviviría? Me preguntaba y reprochaba una y otra vez.

Sin otro remedio, buscaba desesperadamente una solución en internet que la pudiera tranquilizar. «El ruido de las manecillas del reloj calma los gatitos porque les recuerda a los latidos del corazón de su madre». Así decía una página que encontré, pero que no ayudó en lo absoluto.


Ruth mucho mejor de salud, acostada dentro de una caja.

Esa noche apenas dormí. Estuve muy inquieta. Eran incontables las veces las que me levanté a ver si todo estaba bien y si por fin había conciliado el sueño. La noche se hizo eterna, pero a la mañana siguiente ya Ruth estaba mucho mejor, más tranquila y llena de energía. 

Por el contrario, yo me sentía muy cansada. La preocupación e inquietud de la noche fue agotadora, aunque ver a Ruth mejorando me recargó de inmediato.

Al cabo de los meses se adaptó muy bien a su nuevo hogar y de la misma manera yo me adapté a ella. Aunque fue un proceso, poco a poco llegó a su peso saludable y se ganó el cariño de mi familia. Incluso el de mi madre, que no le gustaban los gatos, sobre todo por sus alergias nasales.

Hoy día, Ruth es una gatita muy consentida, traviesa, gordita, ñoña y dormilona y de pelaje muy suave. Le encanta jugar y esconderse en el marco de la puerta de mi cuarto para que cuando yo camine por el pasillo, ella pueda salir corriendo y asustarme.

Definitivamente, Ruth llegó a mi vida para cambiarla de forma positiva. Como compañía es maravillosa. Es muy afectuosa y sabe detectar cuando un aspecto de mi vida no está en orden, solucionándolo con un suave y calmante ronroneo.

La conexión con nuestras mascotas es un tesoro muy especial que se va adquiriendo y fortaleciendo poco a poco con el tiempo.

En este tiempo me he dado a la tarea de leer y de orientarme sobre el comportamiento y el cuidado de los gatos domésticos. Aunque lleven miles de años de domesticación, estos felinos aún conservan instintos naturales de sus orígenes como gatos salvajes pero sin duda, son animales cariñosos y seguros para toda la familia.

Le agradezco todo a la vida, pero especialmente el poner en mi camino una mascota maravillosa. Ruth se convirtió en mi familia y en mi botón de reinicio ante cualquier circunstancia. Llegó a mi vida a darme la luz que necesitaba, me ha ayudado a alejarme del estrés, la ansiedad y a tener una vida más plena, llena y completa.

Sin duda, Ruth es el complemento perfecto de mi vida y el rayo de luz que necesitaba.

A Ruth le encanta dormir con su barriguita hacia arriba.

Author: Karody Román

One thought on “Mi pequeña traviesa”

  1. Tú pequeña traviesa es hermosa. Te felicito por tú dedicación y cuidados con Ruth. Me encantó la narración de la historia desde que Ruth llego a tu vida. Excelente trabajo, estoy muy orgullosa de ti. Éxito en tu carrera Universitaria y en todo lo que te propongas, Dios te bendiga mucho.

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