Tu vida por unas tachuelas

Por: Kiara Rosario (kiara.rosario4@upr.edu)

Abril 23, día número 40 de la cuarentena. Suena la alarma en esta cálida mañana y como de costumbre, me toca dirigirme al supermercado a completar mi turno de trabajo.

Al llegar no dudo en llenarme de un poco de preocupación y estrés, pues las extensas filas en el supermercado, día tras día, parecen no disminuir. Desde ambos extremos del supermercado hay gente que con guantes y mascarillas que se encuentran en línea esperando a ser atendidos.

Algunos más tensos que otros, alertas, pendientes a que nadie se les cuele o sino se arma un problema. Así han sido prácticamente todos los días desde que el Covid-19 se ha convertido en parte de nuestra nueva realidad: largas filas de personas que esperan detrás de sus carritos de compra y un montón de gente tensa.

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Por otro lado, aumenta con cada minuto el asfixiante calor que parece superar los 100 grados. La gente inquieta y estresada y el sofocón son la peor combinación. 

No dudo en pensar en la necesidad que sin duda obliga a las personas a tener que salir para poder conseguir alimentos durante esta cuarentena.

Ya una vez en el trabajo se sigue el protocolo de protección. Procedemos a ponernos los guantes, mascarilla y bata y la verdad es que ya a más de un mes de la pandemia la cosa comienza a ser menos sorpresiva y un poco más rutinaria. Esta es la realidad que nos ha tocado y no nos queda más que adaptarnos y acostumbrarnos.

(…) 

Veo a unos ancianos que se disponen a entrar juntos al supermercado. Luego de esperar en aquella larga fila y con desesperación en sus rostros, pues claramente estaban ansiosos por realizar sus compras, el guardia de seguridad les dice que no pueden entrar.

¡Si no tienen guantes no entran!

Los ancianos no pelearon, ni siquiera le cuestionaron y así mismo se dieron la vuelta, con algo de enojo y tristeza en sus rostros. 

Comienzo a trabajar detrás de la caja registradora. No importa lo rápida que trate de ser, la fila no disminuye. Observo impresionada las grandes compras que la mayoría de los clientes realiza: entre bebidas alcohólicas, “chucherías”, comida y artículos de primera necesidad, es claro que compran lo suficiente para no tener que salir de sus casas en semanas. Sin embargo, hay una conducta en otros clientes que también logra captar mi atención.

Largas filas, calor extremo. No importa si hay aire acondicionado pues, tanta gente en un mismo lugar y usando las asfixiantes mascarillas hace que el sentir calor se vuelva inevitable e insoportable.

Giro mi vista y veo a un anciano que con su bastón lentamente se acerca a la caja y quien sólo ha venido a comprar unas tachuelas.

Me pregunto: ¿Qué estará pasando por su cabeza para decidir hacer una larga fila y soportar estas calores simplemente por comprar unas tontas y diminutas tachuelas? Deben ser muy importantes…

El anciano notó la preocupación y la duda en mi rostro.

Solo logré imaginarme una escena de un doctor preguntándole: ¿Dónde crees que pudiste haberte contagiado por el virus? ¿Ha salido de su casa? Y el anciano respondiendo: a lo mejor agarre este virus por comprar aquellas tontas tachuelas…

Entiendo que la necesidad de alimentos y algunos artículos, nos obliga a salir, pero ¿unas tachuelas?

No dejó de llamarme la atención aquella escena.  Claramente estaba perdido, aturdido y hasta podría decir que un poco desesperado, el caballero. Mientras le cobraba, no recordaba ni siquiera con qué método pagaría y cuando logró por fin darme su tarjeta, tampoco recordó el número. 

Pensé: ¿pero qué está haciendo este señor aquí sin compañía? Debe estar solo en la vida…

Precisamente ahí es cuando me habla y me dice: Estar encerrado en la casa no es fácil.

No dudo en mostrar mi empatía y asentir con la cabeza pues estoy totalmente segura de que está en lo cierto. Estar encerrada a mí también me ha provocado ansiedad.

Al notarlo aún más nervioso trato de calmarlo. Así es, pero hay que entretenerse con lo que se pueda y en la casa; ni modo no se puede salir, pero al menos estamos junto a la familia, le contesto.

A lo que el caballero me responde:

-Vivo solo en mi casa, realmente ni siquiera tengo con quién hablar prácticamente estoy solo.

No olvidaré esas palabras. Me comentó además que había tratado de mantenerse en su casa, pero que se le hacía imposible. Además, que aparte del supermercado no tenía otro lugar dónde ir. Tal vez aquellas tachuelas representaban su único contacto social posible.

Estaba claro que lo que menos que quería el señor era estar en su casa y traté de conversar con él unos minutos, sin embargo, por la prisa y por los otros clientes, se me imposibilitaba. Luego el caballero, con una sonrisa en su rostro, me agradeció y se despidió.

Como él he podido ver a varias personas mayores en la misma situación durante esta época de coronavirus: preocupados, aturdidos, con ganas de hablar con alguien y de tener con quién conversar. Muchos de ellos posiblemente solos en el mundo, sin nadie que los acompañe al colmado o comparta con ellos una conversación.

Y así es un día tranquilo en un supermercado. Todos tratando de sobrevivir ante esta crisis bajo ángulos y vivencias distintas y aunque lo mejor es quedarse en casa, la realidad es que para muchos hacerlo es casi una tortura.

Author: Kiara Rosario

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