Por: Arlenne Maldonado Feliciano

arlenne.maldonado@upr.edu

Hemos sido muchos los puertorriqueños que por alguna razón u otra, tomamos la decisión de partir hacia nuevos rumbos, dejando la isla atrás.

Transcurría el año 2005 y cursaba el primer grado. Ese día teníamos una fiesta en el salón, aunque yo desconocía su verdadero motivo. Minutos más tarde, observo a mi madre hablando con la maestra e inmediatamente me le acerco. Fue así que me enteré de que el motivo de esa fiesta, en realidad era mi despedida. La celebración culminó en ese momento que fueron por mí al salón, pues ya mi madre había hecho los trámites necesarios para avisar en la escuela que ya no regresaría más.

Mientras nos montábamos en el auto, mi mamá me comentaba que en los próximos días nos mudaríamos a un nuevo destino. Nuevamente, no comprendía la necesidad de mudarnos, para mí la vida era perfecta. Sin embargo, mis padres se habían fijado nuevas metas, nuevos horizontes los cuales explorar y sobretodo buscaban mejores oportunidades para sus hijos. Por esta razón habían decidido que el próximo paso en familia sería emprender este nuevo camino.

En ese momento recorrían por mi mente muchas cosas, entre ellas, dejar atrás a mis familiares más cercanos, mis amistades, cuánto extrañaría salir a jugar con mis primos o vecinos…

Más que todo me preguntaba: ¿Cómo sería mi vida en otro país?

Ya todo estaba listo, cajas que sostenían algunas de nuestras pertenencias abarrotaban la casa. Aunque habíamos vendido algunas de ellas, otras más emprenderían con nosotros este viaje.

Llegó el día y un familiar nos dejaba en el terminal del aeropuerto Luis Muñoz Marín por donde entraríamos a registrarnos y realizar el proceso debido para abordar el avión. Observaba varias familias, como nosotros, junto a varias maletas, supongo llenas de sueños y metas por cumplir como las nuestras. Nos esperaba el avión, cómodo, pero bastante frío. Siendo el primer viaje que hacía, estaba bastante nerviosa. Mi mamá me explicaba cómo el avión se iría moviendo poco a poco, hasta despegar. Minutos más tarde, nos encontrábamos entre hermosas nubes blancas y un cielo hermoso. Cerré mis ojos y esperé hasta que mis padres me avisaran que habíamos llegado a donde nos dirigíamos.

Al llegar a nuestro destino, el estado de Florida, pensé que ese nuevo comienzo dentro de todo sería muy bueno para mí. Al final, solo era una niña deseando ver a los famosos ratones, Mickey y Minnie.

Tan pronto nos instalamos, me matricularon en la escuela “Lawton Chiles Elementary School”, la cual quedaba muy cerca de donde residíamos. Todas las mañanas esperaba el autobús y al llegar al salón de clase me encontraba con una gran diversidad cultural entre los compañeros que iba conociendo y de los cuales aprendía algo nuevo cada día. Mi experiencia en esa escuela fue tan buena, que algunos días me topaba con la sorpresa que había sido seleccionada como estudiante del mes. Eso implicaba que debía bajar las escaleras principales para encontrarme con otros estudiantes de distintos grados los cuales también habían sido homenajeados con el mismo reconocimiento. Entraba a la biblioteca, donde se llevaba a cabo la actividad, que era bastante pequeña en comparación con la gran cantidad de estantes con libros que guardaba dentro de ella. Esperábamos nuestro turno en fila para que nos tomaran una foto grupal y finalmente cada uno regresaba a su salón para continuar con su día normal.

Luego de tres años, mis padres volvieron a tomar una decisión que daría un giro de 180 grados a mi vida. Consideraron en este momento lo que sería mejor para nosotros, específicamente para mi hermana mayor, a quien le invadía una gran melancolía, ya que no podría graduarse de escuela superior junto a sus amistades más cercanas en la isla. Regresaríamos a Puerto Rico.

En 2008, una escena hermosa de la isla se postraba ante nuestros ojos desde la ventana, avisándonos sobre la descendencia del avión. Los tradicionales aplausos indicaban que ya habíamos aterrizado en suelo borincano. 

Suministrada: Ciudad amurallada de San Juan, Puerto Rico.

Después de terminar el proceso de alquiler de auto, emprendimos nuestro viaje desde la Metro hacia el centro de la isla, Utuado. Durante el camino identificábamos varios edificios mientras mis padres iban relatando sus experiencias.

Por la famosa Carretera 10, entre Arecibo y Utuado, nos quedamos anonadados con presenciar nuevamente la belleza de la isla. Cómo extrañaba el rayo de sol en mi rostro, y el calorcito que nos abrigaba en este paraíso tropical. Cerré los ojos, bajo el cristal y sentí el fuerte viento que jugaba con mi cabello mientras respiraba el aire fresco que se siente entre las montañas.

Llegamos a Utuado, y nos dirigimos a la casa de mi abuela. Todos, escondidos en el cuarto esperando el momento indicado en que abuela llegara a la casa para al unísono gritar ¡SORPRESA!

Así fue la grata sorpresa que se llevó. Acto seguido nos sumergimos en un gran abrazo. Comimos y reímos mientras contábamos las nuevas anécdotas que traíamos de lo que fue nuestro hogar por tres años consecutivos. 

Pasaron algunos días, y ya mi madre estaba lista para inscribirnos nuevamente en las escuelas pertinentes. No había tiempo para perder y tampoco permitiría que nos atrasáramos en la secuencia de grados escolares. Regresé a la escuela donde estuve matriculada mis primeros años. Me integré al tercer grado en un grupo que se consideraba de excelencia. Todo parecía correr bien, solo había un problema. Durante todo este tiempo, había desarrollado mejor el idioma inglés que el español.

La maestra, viendo la manera de ayudarme, me asignó otra estudiante que dominaba el inglés. Para mi sorpresa, ella también había pasado el mismo proceso de integración por el cual yo pasaba en ese momento.

“Hi, my name is Lizmarie”. “What´s yours?”

Con esta frase y un estirón de mano, me dio la bienvenida quien se convirtió en mi aliada y mejor amiga de infancia. Durante todos esos días me brindó la ayuda necesaria para poder comprender mejor el material que iban discutiendo en clase. Luego de esto el resto es historia, pues pude seguir desarrollando y mejorando mi español como primer idioma sin olvidar el inglés que de una manera u otra sigue siendo importante. Gracias a este apoyo pude acostumbrarme y reintegrarme nuevamente a mi isla y a su gente. 

El puertorriqueño siempre se ha distinguido por su espontaneidad, su manera de tratar a las personas que llegan a la isla, a quienes tratamos como uno más de la familia. En mi caso a pesar de sentir la inquietud de ser excluida por no dominar bien un idioma, al final logré sentirme de nuevo en casa. No importa cuántas veces nos montemos en un avión y pasemos tiempo en la diáspora, la Isla del Encanto siempre tiene sus brazos abiertos para recibir a sus hijos.

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