Crónica de un éxodo personal

Por: Jankarlos Matias (jankarlos.matias@upr.edu)

Hace 12 años mi vida cambió radicalmente al embarcar en una mudanza hacia los Estados Unidos. En aquel entonces tenía solamente siete años y la realidad que una vez conocí, cambió drásticamente al verme obligado a dejarla atrás.

Lo que más recuerdo de aquel entonces fueron los nervios, la ansiedad y un inminente sentido de fatalidad, de que todo jamás volvería a ser lo mismo.

Todo comenzó cuando mi padre decidió embarcar para Miami, Florida, en busca de una mejor oportunidad de vida para su familia. Allí estuvo por un año, preparando el camino para la llegada de mi madre y yo.

Eventualmente llegó el momento en el que ya estaba todo listo para nuestra reunión y el escenario estaba preparado para mi despedida de todo lo que en aquel entonces me era familiar y habitual.

El día del viaje empezó como cualquier otro día normal. Me desperté y me preparé para ir a la escuela, aunque dentro de mi estómago se retorcía y mi mente daba vueltas de todos los pensamientos que corrían por ella. ¿Volvería a ver a mi familia, a mis amigos?  ¿Podría algún día volver a correr por mi patio o sentir la brisa golpeando mi frente en la playa y las olas bajo mis pies?

Estas eran solo algunas de las preguntas que corrían por mi mente, mientras me montaba en el carro para ir a la escuela, por lo que parecía ser mi última vez en Puerto Rico.

Durante el camino, predominaba el silencio. Tanto mi madre como yo sabíamos que no sería un día fácil, pero teníamos en el corazón esperanza.

Esperanza de tener mejores oportunidades, de estar de vuelta con mi padre y de la oportunidad de un mejor futuro. Esperanzas típicas de personas que dejan toda su familia atrás, todo su mundo, por perseguir una noción de obtener la ilusión de un mejor mañana. Esperanzas necesarias para combatir los pensamientos que continuaban corriéndome por la mente.

“A las tres, te recogeré para ir al aeropuerto. Asegúrate de despedirte de todas tus amistades”, recordó mi madre mientras llegábamos a la escuela. Al llegar, miré a mi alrededor e intenté recordar todas las memorias que había formado; tanto las felices, como las tristes.

Mi escuela en aquel entonces era Froebel Bilingual School, una escuela privada en la Base Ramey en Aguadilla. (Foto Suministrada)

Mi ensueño fue interrumpido por el estruendo de la campana escolar, que indicaba el inicio de las clases. El resto del día transcurrió con normalidad, aunque cada vez que veía el brazo del reloj moverse, me recordaba que se estaba acercando la hora que tanto temía.  

Durante el día intentaba pensar en todo excepto el viaje. Mientras miraba el patio de recreo, recordé los juegos interminables con mis amistades, las furias que habíamos tenido y las risas que soltábamos.

Me vino a la mente una ocasión cuando estaba a punto de caerme de un puente alto que tenía el patio. En aquel momento, me inundó un sentido de impotencia e inutilidad ante la vida; un sentimiento que volvía a resonar dentro de mí con el pasar del día.

Usualmente no era muy conversador y hoy menos aún. Mis compañeros ya conocían que me estaba mudando hacia los Estados Unidos y de vez en cuando venían adonde mí con sus despedidas.

Después de cada clase que terminaba, tampoco faltaba la despedida de mis maestras y maestros, con quienes me había encariñado durante mi tiempo en Froebel.

Tras un interminable día escolar, llegó la hora de irme. Antes de salir de la escuela por última vez, mis compañeros de clase realizaron un acto que quedó grabado en mi memoria de por vida.

Todos habían preparados sus cartitas de despedida, algunas con diseños dibujados y cada una con un mensaje especial suyo de despedida. Después de entregármelas en una bolsa, todos se despidieron de mí y salí por el portón de Froebel por última vez.

En este momento, todavía resonaba en mí el acto de mis compañeros. Fue un acto emocional y me entristecí al pensar que esta podría ser la última vez que los vería. Por primera vez en el día, lloré unas pocas lágrimas; aunque no serían mis últimas del día.

Mi escuela estaba localizada justo frente al Aeropuerto Internacional Rafael Hernández, así que el viaje fue uno extremadamente corto. (Foto Suministrada)

Al bajarme del carro, mis piernas empezaron a sentirse similar a espagueti, mientras caí en cuenta de lo que verdaderamente estaba a punto de ocurrir. Después de pasar por la seguridad dentro del aeropuerto, me puse a pensar en momentos felices: mi pronta reunión con mi padre y las memorias felices que había creado con mis primos, abuelos y el resto de mi familia.

También, se encendió una bombilla en mi cerebro. Todo esto que estaba pasando y sintiendo, no lo estaba sintiendo solo. Tenía a mi madre conmigo, seguramente pasando por las mismas emociones, sino, peor aun, ya que ella estaba dejando atrás su exitosa carrera como corredora de bienes raíces.

La miré mientras esperábamos abordar el avión y me dio una sonrisa.

Con esa sonrisa, me habló más que diez mil palabras hubiesen podido.

Mediante esa sonrisa me comunicó que todo estaría bien, que nos teníamos el uno y el otro y que ella estaría conmigo no importará lo que pasara.

Desde ese momento, sentí un poco de paz y seguridad de nuestro futuro incierto. Pocos momentos después, escuchamos la llamada de abordaje. Al ponerme de pie, sentí que pesaba el doble o triple de mi peso y por cada paso que daba hacia el avión, sentía mi corazón dando golpetazos en mi pecho.

Suspiré profundamente y decidí permanecer estoico; no por mí, sino por mi madre, quien sentí necesitaba esa fuerza y firmeza. Subimos la escalera del avión y en pocos minutos encontramos nuestros asientos y nos sentamos. Yo había viajado frecuentemente antes, pero jamás sin un boleto de regreso.

La espera por el despegue era desesperante y sentía el sudor rompiéndome la frente y el corazón cañoneando mi pecho. Pasaron varios minutos en esta espera inaguantable, mientras de repente escuche el gran zumbido del motor y las turbinas del avión.

Mi corazón latió más fuerte que nunca y me sentí abrumado por el ruido que penetraba cada fibra de mi interior. Al elevarse el avión, me atreví a mirar por la venta y vi a mi Puerto Rico por el aire.

La aerolínea que escogimos para realizar el viaje fue Spirit, con la cual habíamos viajado con frecuencia anteriormente (Foto Suministrada)

En ese momento, sentí que jamás volvería a pisar el suelo de mi patria. No pude aguantar más y solté un llanto, dejando caer las lágrimas sobre mi rostro: consecuencia de todas las experiencias que había tenido durante el día.

Mi madre, sostuvo mi mano y lloró junto a mí, mientras nos despedíamos de todo lo que conocíamos y nos dirigimos hacia un nuevo futuro desconocido; entristecidos de lo que dejábamos, pero esperanzados de lo que nos esperaba.

Esta experiencia no es única mía y sé que hay miles de puertorriqueños que han tenido que sufrir lo mismo que sufrimos mi madre y yo al despegar de nuestra patria y decirle adiós a nuestra isla desde el aire.

Las razones pueden cambiar de persona a persona, pero el dolor, el sentir que te arrancaron el corazón del pecho, lo compartimos todos.

Pero también compartimos otra cosa: la esperanza. Esperanza de algún día regresar a nuestra querida isla, a la Borinquén que nos formó y sentir el abrazo de nuestro Puerto Rico, que sin importar donde estemos, será siempre nuestro hogar.

Jankarlos Matías

Author: Jankarlos Matías

Saludos, soy natural de Isabela y soy estudiante de tercer año de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo. Pertenezco al Departamento de Comunicación Tele-Radial y mis areas de enfasis son Noticias y Produccion y Direccion.

Un comentario sobre “Crónica de un éxodo personal”

  1. Hola Jankarlos, yo te conosco Pero tu a mi no. Te cuento nací en Arecibo, en una clínica viví hasta los nueve meses en Isabela con mi abuelita (tu bisabuela). Me crié y gradué de cuarto año en Nueva York. Pero mi mama nos enviaba casi todos los veranos a Isabela, Puerto Rico. O Dios mío cuanto lo disfrutaba. Ver ml familia mis primos y primas. Y la gente linda de mi pueblo. Aprendí a correr bicicleta, scooter con el esposo de mi prima quien siempre e querido. Aprendí montar caballo con mi tío Lilo esposo de mi tuya Lulo. Aprendí darle de comer a las gallinas y ayudar a darle de comer a los cerdos. Observe que mucho trabajo es laborar las tierras, me monté en una carreta que los bueyes alaban. Observe como mi mamita( mi abuela preciosa) hacia los rollos de tabaco. Le quedaban como una trenza pegaditi y esos rollos bellos. Yo nunca había visto un alhibe hasta que vine Puerto Rico. También recuerdo cuando me iba con mis primas a caminar y llegábamos hasta jobos. Recuerdo que una vez pasamos cerca de una finca y vimos el árbol lleno de guayabas y yo nunca había comido una. Y mi prima era alta comió una y me la dio. Ese olor de esa fruta tan fuerte, la mordí y tenía gusanos. O que horror! Yo nunca había visto gusanos. Hay pero que mucho gozamos y nos reímos, y la carretera era de piedra y tierra no había brea entonces. Mi abuelita tenía un jardín frente su casa me encantaba verla recitando sus plantas. Son tantos y tantos recuerdos lindo que aún estando lejos de mi isla yo también me sienta bien triste cuando regresaba a Nueva York. Hoy día llevo más de 25 años fuera de mi querida isla. Cuando la visito me da esa emoción y alegría, pero cujando llegó al aeropuerto de Aguadilla mis ojos tienen que llorar. Porque ya llegue a casa. Así que te entiendo tu sentir. Esto que está pasándole a la isla del covid, tantos crímenes, política pasara. Tenemos que educarnos, seguir teniendo fe y esperanza. You es gracias por tu crónica personal. Y si somos muchísimos los Puertoriqueños que añoramos nuestra querida isla.

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