«Una galaxia en sus ojos…»

 

Momento en que Estrella me mira maravillada. Afortunadamente alguien capturó el momento.

Iba de pie, maniobrando inexperto para no caer desplomado al suelo de aquella chiva (nombre que se le da al transporte público en Colombia, equivalente a una «pisa y corre» en Puerto Rico) que subía a unas 50 millas las interminables curvas de las montañas de Medellín, cuando nuestros ojos coincidieron.  Eran de un negro profundo que jamás había visto. Podía jurar que había estrellas en ellos, pues expulsaban un brillo tan esperanzador que solo pude sonreír de ternura al verlos.

¡Mira cómo te mira, ha quedado enamorada de ti!«- dijo alguien cercano a aquel encuentro tan inusual, mientras ella sonreía y continuaba mirándome.

Yo cumpliría 22 el próximo día, mientras que ella recién cumplía siete meses de vida, según me enteré luego.

«Se ve pequeña y desnutrida para esa edad«, pensé mientras la chiva se detenía en una de las tantas paradas que había antes de llegar al final de la periferia de aquella montaña.

El asiento al lado de Estrella Fernanda– así llamé a la bebé en mis pensamientos- quedó vacío y sin pensarlo dos veces me senté rápido que fue desocupado, pues temía que mi falta de equilibrio me hiciera rodar al fondo de aquel bus en cualquier momento.

La beba continuaba mirándome y sonriéndome y yo solo pensaba en su futuro. ¿Llegaría a estudiar o a conocer el mar como desean los niños de Medellín?, pensé.

Durante todo el trayecto por aquel asentamiento tan pobre en el que escasean la mayoría de servicios básicos como agua potable, clínicas de salud y la electricidad constante, había un niño que acompañaba a Estrella Fernanda y a su mamá. No había podido observarlo bien pues él sólo miraba hacia afuera a través de la ventana. Al notar mi presencia en el asiento contiguo, volteó su cara y me miró.

Ha de ser algo genético mirar estupefacto a los extraños«- pensé. Pero rápidamente eliminé mi teoría, pues sus ojos eran distintos. Eran de un verde oscuro que jamás había visto. Lo más que se acerca a ese color es el color del plátano verde cuando está casi podrido. No tenían brillo alguno y al sonreír con él, no devolvió el gesto. Eran tristes, muy tristes. Como si la realidad, el hambre y el ritmo de la ciudad hubiesen apagado ya sus propias estrellas…

No pude volver a hacer contacto visual con ninguno de los hermanos. Mi mente rápido metaforizó aquel contraste tan marcado. Tan marcado como el contraste mismo de la «Ciudad de la Eterna Primavera». Por un lado tan esperanzador, tan nuevo y sonriente. Por el otro, sin brillo, sin la esperanza de superar los escollos de la vida, con las heridas de su propia historia muy crudas aún en el pensamiento y con la resignación de solo observar a través de la ventana como todo se mueve hacia una dirección que ni ellos mismos conocen.

La chiva se detuvo en la parada de Santo Domingo.  Aquí les tocaba bajarse y así terminó nuestro encuentro. La mamá caminó con Estrella en sus brazos, seguida por su otro pequeño. Un tatuaje adornaba su espalda  y una pulsera de oro amarrada a su tobillo marcaba su paso hacia la salida. Puedo jurar que instantes antes de abandonar este espacio, Estrella me buscó con su mirada para darme una última mirada esperanzadora con la galaxia que habitaba en sus ojos…

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Colaborador/a de Tinta Digital

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