
¿Qué significa ser boricua?
Entrar a la sala de Puerto Rico Plural en el Museo de Arte de Puerto Rico no se percibe como una visita casual ni como un recorrido ordinario por una colección de obras, sino como una experiencia que, desde su inicio, impone una presencia, una energía que sugiere que el espacio no ha sido concebido únicamente para la contemplación estética, sino para activar una forma de pensamiento que trasciende lo visual y obliga a escuchar. Inaugurada como parte de la renovación curatorial del Museo en la década de 2010, esta sala, que forma parte de su exhibición permanente, donde se plantea un eje temático claro: explorar la puertorriqueñidad en sus múltiples contextos, tanto dentro de la Isla como en la diáspora, reuniendo obras de artistas como Rafael Tufiño, Anaida Hernández, Myrna Báez, Olga Albizu, José Campeche, y Francisco Oller, entre otros.
Ese llamado y primera impresión, que en principio se manifiesta como una sensación difusa de impacto, comienza a organizarse a medida que avanza el recorrido guiado, particularmente cuando se introduce el concepto que articula toda la exhibición: lo plural, no entendido como una simple acumulación de diferencias, sino como una construcción deliberada de múltiples voces, o incluso tensiones, que coexisten y se reconfiguran dentro de un mismo marco narrativo.
Según el Museo de Arte de Puerto Rico, Puerto Rico Plural surge como un proyecto curatorial que reúne obras puertorriqueñas desde el siglo 18 hasta la actualidad, organizadas bajo un criterio temático en lugar de cronológico, con el propósito de presentar la diversidad de la experiencia puertorriqueña desde una perspectiva amplia e inclusiva. Este planteamiento responde a una intención específica por parte del curador Juan Carlos López Quintero, quien desarrolló la exhibición a partir de consultas con distintos sectores de la comunidad, permitiendo así integrar dentro del discurso artístico perspectivas que históricamente han sido marginadas o relegadas a un segundo plano. En ese contexto, la presencia de mujeres artistas no aparece como un elemento accesorio, sino como una manifestación concreta de esa pluralidad, en diálogo con otras identidades y experiencias, incluyendo artistas de la comunidad LGBTQ y personas con diversidad funcional, lo que sugiere que la identidad, lejos de presentarse como una categoría fija, se configura aquí como un proceso dinámico, en constante negociación.
Esa intención inclusiva no solo se percibe, sino que también se problematiza cuando se llega a la instalación Hasta que la muerte nos separe de la artista Anaida Hernández, inspirada en una investigación periodística de Carmen Enid Acevedo, donde la experiencia se transforma de manera significativa. A diferencia de otras obras que permiten cierta distancia interpretativa, esta pieza se presenta con una claridad que elimina cualquier ambigüedad posible, lo que domina no es la técnica ni la composición, sino la información. Una obra explícita, acompañada de nombres, fechas, y datos concretos que no requieren interpretación para ser comprendidos. La obra se construye a partir de registros reales de mujeres asesinadas en Puerto Rico por sus parejas o ex parejas, entre 1990 y 1993, un periodo en el que, según datos recopilados por la propia artista a partir de informes policiales y fuentes periodísticas, se documentaron aproximadamente 100 casos de feminicidios, lo que sitúa la pieza en un terreno donde el arte no representa la realidad, sino que la expone desde su dimensión más tangible.

Hasta que la muerte nos separe, Anaida Hernández. Instalación basada en registros de feminicidios en Puerto Rico. (Foto: Loryann Caraballo)
En el caso de Hernández, dicha estrategia se materializa en una estructura que funciona como un memorial, donde cada nombre inscrito deja de operar como una cifra dentro de un registro estadístico para convertirse en una presencia que interpela directamente al espectador. La obra no interpreta la violencia ni la traduce en símbolos; la presenta en su forma más directa: como evidencia.

Detalles de la obra. (Foto: Kediel Villafane)
Diversos estudios sobre violencia de género en Puerto Rico han documentado que estos casos no responden a incidentes aislados, sino a patrones estructurales que se reproducen a lo largo del tiempo. El Observatorio de Equidad de Género de Puerto Rico, por ejemplo, monitorea los feminicidios a partir de datos oficiales, como los de la Policía de Puerto Rico y el Instituto de Ciencias Forenses, así como de la cobertura mediática, lo que le permite identificar tendencias, subregistros y discrepancias en los casos reportados. Según sus informes, desde 2019 se han registrado más de 400 feminicidios en la Isla, y en años recientes la frecuencia de estos casos ha sido de uno cada cinco a siete días. Por su parte, la Fundación de Mujeres en Puerto Rico ha señalado que la violencia de género en el país responde a factores estructurales que incluyen desigualdades sociales, deficiencias en los sistemas de protección y la persistente normalización de la violencia doméstica.
En este contexto, la obra de Hernández no necesita recurrir al lenguaje académico para sostener su fuerza, pues se fundamenta en la misma realidad que esos informes documentan, logrando articular una experiencia que no solo informa, sino que establece una conexión inmediata con quien la observa. Esa conexión no se limita a una reacción emocional, sino que abre un espacio de reflexión sobre la responsabilidad colectiva, la memoria y las formas en que una sociedad decide, o evita, recordar a sus víctimas, adquiriendo así una dimensión que trasciende lo artístico para situarse en el ámbito de lo político.
Frente a esta instalación, casi como si formara parte de una misma línea de pensamiento, se encuentra La plena de Rafael Tufiño, un mural realizado entre 1952 y 1954 en el contexto de la División de Educación a la Comunidad, un programa que, inspirado en iniciativas similares desarrolladas en Estados Unidos durante la Gran Depresión, proponía el uso del arte como herramienta de educación y transformación social. En ese espacio, Tufiño logra traducir visualmente la experiencia del pueblo puertorriqueño, integrando múltiples escenas que, en conjunto, construyen una narrativa sobre la vida cotidiana, la cultura y las tensiones sociales de la época.

La plena, Rafael Tufiño, 1952-1954. (Foto: Loryann Caraballo)
Por un lado, La plena recoge la voz del pueblo, mientras que Hasta que la muerte nos separe evidencia aquello que esa misma sociedad ha producido o permitido; más que una contradicción, lo que se establece entre ambas obras es una continuidad. Las problemáticas que aparecen de forma implícita en el contexto social de los años cincuenta no desaparecen con el tiempo, sino que se transforman y persisten bajo otras formas. En ese sentido, el arte funciona como un puente entre épocas, no para separar momentos históricos, sino para ponerlos en conversación. No se trata de definir qué es Puerto Rico, sino en evidenciar todo lo que implica intentar responder esa pregunta.
El recorrido fue guiado por la Dra. Noemí Sierra, docente del Museo de Arte de Puerto Rico, quien se desempeña como educadora en la institución desde hace más de dos décadas. La experiencia del recorrido se construyó, en gran medida, a partir de su mediación.

Noemí Sierra, educadora del Museo de Arte de Puerto Rico, durante el recorrido. (Foto: Loryann Caraballo)
Como dato interesante, durante una conversación casual sobre la pintura de la obra Hasta que la muerte nos separe, una asistente de galería, quien prefirió no ser identificada, explicó que estas piezas requieren condiciones de iluminación controlada debido a la sensibilidad de sus materiales. Además, explicó que las obras son foto-sensitivas, es decir, susceptibles al deterioro por exposición lumínica, por lo que el museo utiliza iluminación filtrada para proteger la integridad de sus materiales.

