Se fue la luz, ¿y qué?

Un servicio esencial que falla constantemente y una ciudadanía que ha aprendido a vivir con ello.

Llegas a tu casa luego de un día de trabajo duro, estacionas el auto, bajas tus cosas y entras por la puerta. Sueltas todo sobre el mueble y, después de un día caluroso, te das un buen baño de agua fría. Pero, de momento, se va la luz.

Esto fue precisamente lo que ocurrió el pasado miércoles, 23 de septiembre, cuando una avería en la subestación de Sabana Llana, en Carolina, dejó aproximadamente a 200,000 personas sin luz. Pero la cosa es, ¿qué diferencia este apagón de los otros cuchucientos que han dejado a gran parte del país sin luz? ¿Cuándo llegará el día en que podamos dormir en paz? Ya es cuestión de todas las semanas que ocurra alguna interrupción en el servicio eléctrico. 

Y la situación solo parece haber empeorado desde la llegada de LUMA Energy en 2021. La expectativa era recibir un servicio de mayor calidad y que la infraestructura afectada por el huracán María finalmente fuera rehabilitada.

Sin embargo, el costo mensual también aumentó. Mientras bajo la AEE rondaba los 203 dólares, bajo LUMA llegó a aproximadamente 208 dólares. Pueden parecer solo cinco dólares de diferencia, pero ¿vale la pena pagar más por un servicio que continúa fallando? En 2025, el cliente promedio experimentó casi 16 interrupciones eléctricas durante el año, mientras que la frecuencia de estas se había duplicado desde 2021. Lo más preocupante es que hemos llegado al punto de ver los apagones como algo normal en Puerto Rico.

Antes, el evento de un apagón era una rareza, algo fuera de lo normal. Era visto de la misma forma que un huracán era visto hasta que llegó el huracán María. Ahora es visto como una ocurrencia diaria. Y lo triste es que mientras más pasa el tiempo, más frecuentes se vuelven los apagones.

Y ahí está el verdadero problema.

La pregunta ya no debería ser cuándo será el próximo apagón, sino cuándo llegará el día en que dejemos de esperarlo. ¿Cuándo llegará el momento en que, después de ocho o diez horas de trabajo, pueda llegar a mi casa, dejar mis cosas, darme un baño de agua fría y simplemente descansar sin tener que preguntarme si todavía habrá electricidad?

Un apagón puede afectar el trabajo, los estudios, las comunicaciones, los servicios médicos, los comercios y hasta las pocas horas de descanso que tenemos durante el día. Cuando se prolongan, pueden convertirse en un asunto de vida o muerte. Tras el huracán María, estudios estimaron entre 700 y 8,400 muertes en exceso asociadas con los apagones prolongados y la interrupción de servicios básicos. Además, cerca del 10% de los hogares reportaron problemas con equipos respiratorios que necesitaban electricidad.

Para un estudiante, perder el servicio eléctrico puede significar perder horas de estudio, no poder completar una asignación o tener dificultades para conectarse a una clase o plataforma educativa. Durante el año escolar 2024-2025, aproximadamente 7,768 estudiantes no pasaron al próximo grado. Los apagones no explican por sí solos esta realidad, pero sí pueden convertirse en otro obstáculo para estudiantes que ya enfrentan dificultades académicas.

Estudiante repasando material en su casa durante un apagón.

En el ámbito laboral, perder electricidad también puede significar perder horas de trabajo, ingresos y oportunidades. Para quienes trabajan desde sus hogares, una interrupción puede detener completamente su jornada. Para un comerciante, puede representar pérdidas económicas y dificultades para ofrecer sus servicios. La comunicación tampoco queda fuera. Cuando falla la electricidad, también puede verse afectado nuestro acceso a internet, teléfonos y otros dispositivos que utilizamos diariamente para mantenernos conectados.

Y entonces llegamos a otro punto que demuestra hasta qué nivel hemos normalizado los apagones: tenemos que prepararnos para ellos.

Para vivir en Puerto Rico actualmente, es necesario estar preparado para el evento de un apagón. Es decir, tener linternas, baterías, abanicos recargables, las plantas eléctricas o las inverter, tener citronelas y velas y un sistema de cisternas para que no se queden sin agua. Sí, también afecta el agua porque en varias comunidades reciben el servicio de agua por bomba, lo que quiere decir que si no hay luz no hay agua. Esto ha creado una cultura de que esperamos la falla en los servicios en vez de confiar en ellos. Es parecido a ir a una cita médica, pasas más tiempo esperando que el servicio llegué que el tiempo que pasas recibiéndolo. 

Nos hemos acostumbrado a tener linternas preparadas, baterías cargadas y planes alternos. Nos hemos acostumbrado a preguntarnos cuánto tiempo durará el apagón en lugar de preguntarnos por qué sigue ocurriendo.

Pero adaptarnos a un problema no significa que debamos aceptarlo como normal.

La electricidad es un servicio esencial. No debería ser un privilegio ni algo que tengamos que cruzar los dedos para recibir. Después de un día largo de trabajo, estudiar o cumplir con nuestras responsabilidades, lo mínimo que deberíamos poder esperar al llegar a casa es encender un interruptor y encontrar luz.

La pregunta, entonces, no es cuándo será el próximo apagón.

La verdadera pregunta es: ¿cuándo llegará el día que dejemos de esperarlo?

Author: Vladymir Lugo

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