
Mientras la tecnología cada vez avanza, el pensamiento propio se queda atrás.
Frente a una pantalla en blanco, una estudiante mira fijamente el cursor que parpadea, esperando que aparezca una idea. De pronto, su compañera que siempre entra en escena: la Inteligencia Artificial (IA). Sin cansarse, comienza a lanzar respuestas, organizar pensamientos y convertir unas pocas palabras en páginas completas. En cuestión de segundos, esa tecnología que antes solo transmitía información ahora parece pensar, escribir y trabajar junto a quien está frente a ella.
El problema comienza cuando dejamos de utilizarla para ayudarnos a pensar y comenzamos a utilizarla para no pensar. Es por preocupaciones relacionadas con la falta de pensamiento propio, que algunas universidades están implementando medidas para regular el uso de la IA o como se le puede llamar la otra mente. La Universidad de Columbia, institución Liga Ivy publicó un comunicado en el que establecía restricciones sobre el uso de determinadas tecnologías durante las clases, permitiendo únicamente herramientas como papel y lápiz en ciertos contextos. Esta medida puede considerarse parte del debate que existe actualmente sobre el uso de la IA en la educación, especialmente ante la preocupación de que algunos estudiantes dependan de la tecnología y no desarrollen plenamente sus conocimientos y habilidades.
LA IA es una herramienta de apoyo para que un estudiante pueda comprender mejor el material académico, siempre que se utilice correctamente. Puede explicar un concepto de diferentes maneras, generar preguntas para practicar o ayudar a organizar una idea que todavía no está completamente desarrollada. Pero el problema surge cuando el estudiante recurre a la herramienta por completo para evitar hacer las cosas por sí mismo. Ese es el problema que existe en las escuelas y universidades cuando se observa el uso de los estudiantes hacen de esta tecnología.
El 92% de los estudiantes universitarios en América Latina y cerca del 80% de los estudiantes en general utilizan herramientas de IA para sus actividades académicas.
Según «GoStudent», el 33% de los estudiantes admite haber utilizado la IA para hacer trampa en tareas o exámenes. El 18% ha entregado trabajos redactados 100% por una IA sin realizarles ninguna edición previa. El 49% de los estudiantes que usan IA en sus tareas no logra detectar los errores, sesgos o información falsa que arroja la herramienta.
Muchos alumnos tienen un trabajo pendiente y no saben cómo comenzar. En ese momento, miran otra pantalla y allí está la otra mente. De ahí surge la idea de preguntarle si puede hacer el trabajo completo. El estudiante recibe una respuesta en cuestión de segundos y puede sentir que resolvió su problema. Sin embargo, existe una pregunta que debería hacerse antes de entregar ese trabajo: ¿realmente aprendió algo?
Los jóvenes prefieren utilizar el teléfono en lugar de prestar atención a las clases y, después, se encuentran perdidos sin saber qué hacer. En el caso de la universidad, se pueden observar estudiantes que literalmente recurren a la IA y le piden que les haga la tarea completa. Además, no verifican la información y la entregan tal y como la herramienta se las proporcionó. La otra mente puede utilizarse para ayudar a comprender el material, pero los estudiantes deben ser conscientes de que depender de ella constantemente puede afectar el desarrollo de su propio pensamiento.
Si un estudiante utiliza la IA para aclarar una duda, revisa la respuesta, busca información adicional y trata de explicarla con sus propias palabras, la tecnología entonces se convierte en un recurso educativo. El problema aparece cuando simplemente copia la respuesta y la entrega como propia. Esta es una de las situaciones que enfrentan muchas escuelas y universidades en la actualidad. Algunos estudiantes no aprovechan el proceso de aprendizaje que acompaña el uso de la tecnología; en cambio se distraen y terminan entregando trabajos sin haber comprendido realmente el material.
Pero el uso excesivo de la IA puede afectar el desarrollo de las habilidades del estudiante. Cuando recurren constantemente a esta herramienta para generar ideas, cada vez tienen menos oportunidades de esforzarse para analizar y resolver problemas por sí mismos. Cada vez hay más evidencias de que el uso de la IA puede reducir el esfuerzo cognitivo necesario para lograr un aprendizaje profundo y duradero y generar una falsa sensación de dominio de los contenidos, lo que podría tener consecuencias a largo plazo. Esta externalización cognitiva hacia la IA resulta especialmente preocupante en el caso del alumnado escolar, que todavía está construyendo sus conocimientos y competencias fundamentales. Cuando utiliza la IA como un sustituto y no como un apoyo, aumenta su dependencia de la herramienta y pierde oportunidades para desarrollar un aprendizaje más profundo.
Por tanto, el verdadero riesgo educativo de la IA no reside únicamente en que el estudiantado la utilice para hacer trampas en un trabajo. El riesgo, mucho más profundo, es que la IA interfiera en los procesos cognitivos de construcción y verificación del conocimiento, precisamente aquellos que permiten consolidar la memoria a largo plazo y desarrollar las capacidades sobre las que se sustenta el pensamiento crítico.
La IA no debe convertirse en el cerebro del estudiante. Debería ser solo una herramienta que apoye su conocimiento. Por eso, cuando un estudiante se encuentra frente a la computadora y tiene un trabajo que no sabe cómo comenzar, no debería recurrir inmediatamente a la caja negra para que lo haga por él. Primero, debe leer, buscar información, comparar fuentes y tratar de construir su propia respuesta. Si después de intentarlo todavía tiene dudas, entonces puede utilizar la tecnología como apoyo.
Porque al final, una herramienta puede hacer un trabajo en tres minutos, pero ningún trabajo vale la pena si al terminarlo no se aprendió nada.
