Natalia Sánchez: una historia de arte, perseverancia y transformación

Aunque nació en Bayamón, su conexión con la costa norte comenzó durante su niñez. Hoy, a través de La Vitrina, busca recuperar espacios olvidados y demostrar que el arte y la cultura pueden darle una nueva vida al Paseo de Diego.

Todos los domingos, cuando era pequeña, sus padres la llevaban a una iglesia en el corazón de Arecibo. En aquel entonces, Natalia Sánchez no imaginaba que, años más tarde, terminaría estableciéndose en ese mismo municipio para desarrollar uno de los proyectos más importantes de su vida. Su llegada también estuvo marcada por otra de sus pasiones: el surf, que la acercó a la llamada capital del surfing. Lo que comenzó como una conexión desde la infancia y el interés por explorar nuevos lugares, terminó convirtiéndose en una apuesta por el desarrollo cultural de la comunidad.

A sus 34 años, es artista plástica, gestora cultural y fundadora de La Vitrina, un espacio cultural ubicado en el Paseo de Diego. De cabello rizado y sonrisa cálida, transmite una sencillez y humildad que también se reflejan en su manera de acercarse a los demás. Mas allá de ser un lugar para trabajar sus obras, el espacio representa una oportunidad de recuperar un edificio abandonado y convertirlo en un punto de encuentro para artistas y la comunidad.

Su interés por el arte nació mucho antes de pensar en una carrera profesional. Describe su infancia como una etapa feliz, rodeada de primos, amistades y, sobre todo, del apoyo de sus padres. Aunque ninguno se dedicó profesionalmente a las artes, ambos estudiaron delineación. Desde pequeña observaba a su padre trabajar con programas de diseño arquitectónico, elaborar planos y buscar soluciones a través de los espacios.

Esa influencia dejó una huella en su manera de entender el arte. Para ella, la creatividad también consiste en imaginar posibilidades y encontrar formas de transformar el entorno.

Natalia Sánchez en La Vitrina, el espacio que se ha convertido en parte esencial de su trayectoria artística.

No fue hasta undécimo grado que descubrió que podía convertir ese interés en una profesión. Una clase de poesía y pintura despertó algo que no había reconocido hasta entonces. Comenzó a experimentar con pinturas surrealistas y se interesó por estudiar artes plásticas.

Aunque sus padres la apoyaban, al principio les costaba imaginar que pudiera vivir de esa profesión. Las dudas también estaban presentes en su entorno. Recuerda cómo algunos padres de sus amistades cuestionaban su decisión con comentarios sobre la posibilidad de morir de hambre por dedicarse al arte.

Comenzó estudiando diseño gráfico, pero durante su segundo año universitario tomó una decisión que cambiaría su camino: se cambió a artes plásticas sin contárselo a nadie. Posteriormente, completó su bachillerato en Columbia College of Design, en Columbia, Ohio, donde vivió aproximadamente siete años.

Entre herramientas y materiales, Sánchez trabaja los detalles de una de sus pinturas, parte de su proceso creativo.

Mientras vivía en Estados Unidos, se integró a la comunidad artística y encontró oportunidades para desarrollar su trabajo. Por razones económicas comenzó a realizar murales y se involucró con otros muralistas, experiencia que le permitió aprender sobre esta disciplina y abrirse camino como artista. Todavía existen murales suyos en Columbia, Ohio, mientras que algunas de las obras que realizó en Puerto Rico han sido cubiertas o deterioradas.

Una puerta que abrió nuevas posibilidades

Cuando regresó a Puerto Rico y se estableció en Arecibo, hace aproximadamente nueve años, encontró un casco urbano que, a su entender, tenía mucho potencial, pero necesitaba espacios que promovieran la cultura y el encuentro entre personas creativas.

La idea de La Vitrina surgió inicialmente de una necesidad personal. Vivía cerca de la Catedral y utilizaba la sala de su hogar como taller. El espacio era tan limitado que tenía que trabajar en pinturas pequeñas, aunque deseaba experimentar con formatos más grandes. Por eso comenzó a buscar un edificio donde pudiera establecer su estudio y, eventualmente, abrirlo a otros artistas mediante talleres y actividades culturales.

Antes de encontrar el lugar indicado, presentó varias propuestas al Municipio de Arecibo. Incluso identificó tres edificios abandonados y consiguió firmas para respaldar algunas de sus solicitudes. Sin embargo, las propuestas fueron rechazadas y las estructuras continúan  vacías.

La oportunidad apareció a finales de 2021. Mientras caminaba por el Paseo de Diego, observó un anuncio de venta en un edificio cuya estructura estaba cubierta y apenas permitía apreciar lo que había en su interior. Acompañada de un amigo, decidió levantar la puerta metálica para mirar.

Lo que encontró la sorprendió: el edificio se extendía desde el Paseo de Diego, hasta la calle Betances. Era un espacio mucho más amplio de lo que había imaginado y podía convertirse en el proyecto que llevaba tiempo buscando.

Consiguió el número de contacto y comenzó las conversaciones con la propietaria: una mujer de 104 años. Antes de concretar la compra, decidió escribirle una carta para explicarle el proyecto cultural que deseaba establecer. La propuesta tuvo una respuesta favorable y la propietaria accedió a reducir el precio. Con el apoyo de su familia, finalmente lograron adquirir la propiedad.

Lo que siguió fue una transformación que tomó años. Junto a sus padres y hermanos comenzó a limpiar, reparar y darle forma al edificio. Su padre fue una pieza fundamental: con sus conocimientos de plomería y construcción ayudaba a materializar las ideas que ella imaginaba para cada espacio.

Los comienzos estuvieron lejos de ser sencillos. El edificio no tenía agua ni electricidad. Mientras avanzaban los trabajos, acondicionó una parte para utilizarla como taller. Pintaba en medio de la construcción y tenía que limpiar constantemente sus obras porque el polvo terminaba cubriéndolas.

Un espacio donde la artista desarrolla sus obras y continúa trabajando en su trayectoria artística.

El dinero se convirtió en una de sus mayores preocupaciones. Como sus ingresos dependían de la venta de sus pinturas, no podía abandonar su trabajo artístico para dedicarse exclusivamente al edificio. Cada obra que encontraba un nuevo hogar también representaba una oportunidad para continuar financiando el proyecto.

Uno de los momentos más difíciles llegó cuando conoció la cantidad que tendría que pagar al Centro de Recaudación de Ingresos Municipales (CRIM), además de los gastos relacionados con permisos y otros requisitos gubernamentales. Los costos superaban lo que habían anticipado y la situación la llevó a cuestionarse si podría continuar con el proyecto. Sin embargo, luego de que el edificio fuera tasado, realizó múltiples gestiones y luchó hasta conseguir que el CRIM estableciera una cantidad más accesible. Aquella experiencia le hizo comprender que transformar el edificio tomaría mucho más tiempo, esfuerzo y dinero de lo que había imaginado 

«Pensé que me iba a tomar unos tres años», recuerda sobre un proceso que ya se acercaba a los cinco.

Un impulso importante llegó con la beca Maniobra, del Centro de Economía Creativa, que le permitió adquirir equipos y contar con un presupuesto para continuar desarrollando La Vitrina. El apoyo fue decisivo para completar parte de las instalaciones y finalmente abrir las puertas al público en marzo de 2026.

Más que recuperar un edificio

Hoy, La Vitrina representa el resultado de años de trabajo familiar, sacrificios y una apuesta por el futuro de Arecibo. Sin embargo, todavía quedan proyectos por desarrollar. El segundo piso permanece en pausa y contempla desarrollar allí tres apartamentos y espacios para otros artistas. También habilitaron un área del primer piso que fue alquilada para establecer un negocio local, con la intención de generar ingresos que ayuden a sostener el espacio cultural.

La Vitrina, un espacio dedicado al arte y cultura, ubicado en el Paseo de Diego, en Arecibo.

Actualmente, el proyecto cuenta con seis colaboradores entre empleados y voluntarios. Ampliar el equipo de trabajo es una de las prioridades, pues tienen muchas ideas que no siempre logran desarrollar por la carga de trabajo. Entre sus próximos objetivos está conseguir nuevas becas, recibir estudiantes y comenzar a ofrecer oportunidades de internado.

Su preocupación va más allá de las paredes del edificio. Considera que Arecibo necesita prestar mayor atención a su patrimonio y reconocer el potencial de las artes como herramienta para revitalizar el casco urbano.

«No creen en la cultura, no creen en las artes, no creen en la planificación urbana», expresó al describir su percepción sobre la falta de atención que reciben estos temas. Para ella, no basta con hablar de planes de desarrollo; es necesario escuchar las necesidades de la comunidad y convertir las propuestas en acciones.

Aquel edificio que encontró casi por casualidad se convirtió en una nueva dirección para su vida. La artista que antes recorría la isla, viajaba y exploraba como parte de su proceso creativo ahora dedica gran parte de su tiempo a un espacio que todavía tiene mucho por crecer. Aunque reconoce que hubo momentos en los que pensó que no podría continuar, hoy puede ver los frutos de su esfuerzo.

Natalia no nació en Arecibo y tampoco imaginó que terminaría construyendo allí su proyecto de vida. Sin embargo, aquella conexión que comenzó con visitas familiares y que luego se encontró una nueva razón para permanecer: demostrar que un edificio abandonado todavía puede tener futuro y que, a través del arte, es posible transformar espacios olvidados en lugares llenos de vida y oportunidades.

Author: Gabriela Gonzalez SantiagoEstudiante del Bachillerato en Comunicación Tele-Radial, con concentración en Noticias y Comunicación Estratégica, actualmente cursando el cuarto año académico.

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