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Cada paso, un latido de gratitud

La mañana del martes, 18 de noviembre, llegué a la Universidad de Puerto Rico en Arecibo sintiendo una emoción distinta. No era cualquier día. Íbamos a tener la Primera Asamblea de la Clase Graduanda, y aunque ya sabía que sería un momento importante, jamás imaginé la magnitud con la que ese día me transformaría. Caminé hacia el Auditorio de Enfermería con una mezcla de entusiasmo y curiosidad, sin saber que, en cuestión de minutos, una sola palabra iba a tomar todo el protagonismo de mi vida: gratitud.

Entré al auditorio y vi a la profesora Nayla N. Báez Román de pie frente a todos, lista para comenzar la asamblea. Su energía llenaba el lugar de una forma especial, como si ella también entendiera que este no era un encuentro cualquiera. Y entonces, lanzó una pregunta que atravesó el salón entero como una flecha directa al pecho:

-“¿Ustedes saben todo lo que han tenido que pasar para llegar aquí?”

En ese instante, el tiempo se detuvo. De repente, lo entendí:

Me voy a graduar.

Camila… ¡te vas a graduar!

No fue un pensamiento suave ni lento. Fue un golpe emocional, un “Dios amado, esto está pasando de verdad”, un despertar repentino que me dejó sin aire por unos segundos. Había esperado este momento, claro que sí. Había imaginado la ceremonia, el traje, las fotos, la graduación… Pero nunca había sentido, tan profundamente, la realidad detrás de todo eso: los años vividos, los esfuerzos, los sacrificios, los miedos superados, todos esos logros que parecían pequeños en su momento pero que hoy forman parte de un camino inmenso.

El 2022 regresó a mí de golpe. Me vi entrando por primera vez a este campus, con miedo, pero llena de sueños, comenzando mi Bachillerato en Comunicación Tele-Radial con énfasis en Relaciones Públicas y Publicidad. Recordé las primeras amistades que se convirtieron en compañía esencial, las noches en vela terminando trabajos, los proyectos que me hicieron crecer, los profesores que me retaron, los días fuertes y agotadores, las risas que hicieron que todo valiera la pena.

Camila A. Albelo Pérez el lunes 15 de agosto de 2022
Primer día de clases en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Arecibo

Cada recuerdo pasó frente a mí como si la vida me estuviera mostrando una película en segundos.

Todo giraba en torno a una palabra: gratitud.

Gratitud por mis inicios, por mis tropiezos, por mis logros, por el apoyo incondicional de mi familia y por mis acompañantes en este viaje. Gratitud por mis días buenos, pero también —y sobre todo— por los difíciles, porque ahí fue donde me descubrí capaz.

Mientras intentaba procesar esa mezcla de emociones, la reunión siguió su curso. Hablaron de fechas, actividades, compromisos. Y entonces escuché mi nombre. Me estaban nominando para formar parte de la directiva de la clase graduanda, primero como Vice-Presidenta; lo cual rechacé por la gran responsabilidad que tengo con mi Práctica e Internado, y luego buscaron una segunda opción, nominarme como Vocal, lo cual acepté.

Un nudo se me formó en la garganta. Sentí sorpresa, orgullo y una responsabilidad enorme… pero, por encima de todo, sentí gratitud. Agradecí la confianza de mis compañeros, el reconocimiento, el gesto de incluirme. Acepté la nominación porque entendí que esta etapa merecía ser vivida con entrega total, y que debía cerrar estos años con la misma intensidad con la que los viví: agradecida.

A medida que hablaban, mi mente empezó a viajar hacia el futuro.

Mayo: Mi graduación.

De enero a mayo solo me quedan la práctica, el internado y una clase a distancia. El resto… ya está casi completado. Sentí un pequeño temblor interno: el miedo inevitable del cambio. El famoso “¿y ahora qué?” apareció. Y, por un momento, ese miedo quiso ocupar demasiado espacio.

Pero algo lo detuvo. Una certeza. Una voz suave dentro de mí que dijo: Mira todo lo que has superado. Mira quién eres ahora. Mira cuánto has crecido: personal y profesionalmente.

Y ahí volvió la gratitud, más fuerte que el miedo.

Gratitud porque esta etapa me transformó.

Gratitud porque Dios me ha acompañado en cada paso.

Gratitud porque el futuro, aunque desconocido, brilla.

Cuando la reunión terminó, salí caminando lentamente, como si necesitara tiempo para asimilar todo. El campus de repente se veía distinto: más significativo. Cada pasillo parecía recordar una versión diferente de mí. Cada edificio tenía una historia para contar. Cada espacio guardaba risas, conversaciones y silencios importantes.

Mientras caminaba, entendí algo que ahora guardo profundamente en el corazón:

Ese martes no fue solo una asamblea. Fue el momento exacto en que la vida me detuvo para mostrarme lo lejos que he llegado.

Y entonces, lo supe con certeza.

La gratitud no era un sentimiento pasajero.

Era el hilo conductor de todo este camino.

Era la fuerza que me había sostenido sin que yo siquiera lo notara.

Hoy, mientras miro hacia atrás y hacia adelante al mismo tiempo, solo puedo decir que este camino universitario ha sido retante, luminoso, transformador… y, sin duda, profundamente hermoso.

Y por todo eso, por absolutamente todo, solo puedo sentir: gratitud, gratitud, gratitud.

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Crónica de un día de Acción de Gracias

El 27 de noviembre, en el pequeño barrio de Cibao del pueblo de Camuy, una casa familiar se convirtió en el centro de risas, música y tradición, mientras la cena de Acción de Gracias reunía a varias generaciones bajo un mismo techo.

El ambiente rebosaba de alegría desde el primer momento. La música se mezclaba con el aroma de la comida y las voces que llenaban cada rincón anunciaban que aquel sería otro día para recordar. La casa de mis tíos resplandecía en unión y celebración.

Como dicta la costumbre puertorriqueña, la competencia de dominó no tardó en comenzar. La mesa se llenó de fichas, estrategias y carcajadas. Entre capicús amistosos y retiradas repentinas, todos participaban: tíos, tías, primos, primas, mi papá, mi hermano y esta servidora. Cada jugada tenía su propio sazón.

El karaoke también tuvo su momento estelar. Resultaba inevitable reír al escuchar a mi papá y a sus hermanos cantar, o intentar hacerlo, porque no afinaban ni un tono. Aun así, su carisma y el espíritu navideño que ya se asomaba, convertían cada canción en un verdadero espectáculo. Esa mezcla de voces desafinadas y corazones alegres era parte esencial de la tradición.

La comida, como siempre, estuvo a otro nivel. El pavo preparado por mi tía, dominaba la mesa, acompañado de arroz con gandules, ensalada de papa, guineítos en escabeche y un “shot” de coquito que completaba la tradición. Como buenos puertorriqueños, el día de Acción de Gracias es sinónimo de «jartarse» y comer sin culpa.

Ser la mayor entre los primos también añadía una alegría particular. Ver a los más pequeños correr, bailar, grabar TikToks y disfrutar sin límites llenaba el ambiente de gozo. No existía diferencia de edad capaz de romper la conexión que compartíamos.

Con la noche avanzada, llegó el momento de dar gracias. Aunque no todo se dice en voz alta, cada quien sabía muy bien por qué estaba agradecido. Se agradeció la unión familiar, el privilegio de compartir ese día y todo lo hermoso que vendría. Junto a la gratitud, también apareció esa tristeza silenciosa que recuerda que lamentablemente algún día algunos de los que hoy se sientan a la mesa podrían faltar. El ciclo de la vida es así: hermoso y doloroso a la vez.

Aun así, ese 27 de noviembre se agradeció de corazón la oportunidad de tenerlos vivos, y así seguirá siendo el 28, el 29 y todos los días venideros. Porque la mayor bendición es, y seguirá siendo, mi familia: una familia tradicional, llena de amor, de fe y de bendición.

En una noche donde las risas compitieron con las fichas del dominó y el coquito acompañó cada abrazo, quedó claro que la verdadera esencia de Acción de Gracias no estaba en la mesa, sino en las personas que la rodeaban.

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Lo tenue de un adiós

Era un jueves de agosto cuando llegué al hospital. El cielo se veía despejado, azul y brillante y el sol alumbraba el día. Centro Médico, específicamente el Hospital Municipal de San Juan: allí se encontraba la razón de mi visita. Entré con mi madre al edificio: un largo pasillo con cristales nos dio la bienvenida. El personal fue muy amable y siempre saludó, entendían que la razón de una visita al hospital muy pocas veces significa algo positivo. Al final del pasillo estaba la recepción, donde una dama de media estatura, cabello negro recogido y gran simpatía se ofreció a dirigirnos directamente a nuestro destino. En el trayecto del ascensor sostuvimos las tres una conversación amena, la dama nos contó sobre su reciente visita a Camuy, mi pueblo natal. También, nos contó sobre el suyo: Cabo Rojo.

“Vivo hace mucho tiempo en San Juan, ya el área metro me adoptó”. El ascensor sonó, habíamos llegado. Luego de una breve despedida, continuamos el trayecto hacia nuestro destino. 

En la recepción del piso 4, una enfermera nos dirigió hacia la habitación. “Deben ponerse mascarilla para entrar”, recalcó. Sin dudarlo, mi madre y yo nos la pusimos. Al entrar a la habitación allí estaba mi tía. Su cabello corto por las quimioterapias, pero siempre rubio, sus uñas arregladas y su mejor accesorio: su sonrisa.

Dios había reservado ese día para que recibiera visitas. Éramos cinco visitantes y faltaban dos que se encontraban donando sangre. Frecuentemente debían realizarle transfusiones sanguíneas debido a su condición: leucemia linfoblástica aguda. De solo escuchar el nombre me dieron escalofríos y no podía entender cómo dentro de un proceso tan complicado, ella siempre se veía tan bien, llena de vida y sonriente. Increíblemente, lograba brindarle energía y ánimos a quienes le acompañaban.

Rápidamente entablamos todos una conversación. ¿Cómo están? ¿Cómo está la familia? ¡Que grande está tu hija! Es importante que comas, aunque sea un poquito. ¿Aún necesitan donantes de sangre?…

Como buenos puertorriqueños, creamos aproximadamente cuatro conversaciones a la vez dentro de un limitado cuarto de hospital. Eso me dio la oportunidad de acercarme al lado derecho de su camilla y dialogar un poco más de cerca, solo ella y yo.

“¿Cuánto te falta para graduarte?”, preguntó. “El semestre que viene termino cuatro clases que me faltan y en agosto voy a hacer práctica”, respondí. Su tía política, una de las visitantes preguntó, “¿qué estudia ella?”. “Comunicaciones, ella es tremenda reportera, tienes que verla,  yo siempre veo sus trabajos en Facebook y me llenan de orgullo”, respondió mi tía sin dudar. 

A pesar de cualquier diferencia, distanciamiento o malentendido, ella siempre estuvo presente en mi vida y me dejó saber de mil y un maneras que estaba muy orgullosa de mis trabajos, desarrollo y desempeño. Entre risas y anécdotas continuamos todos juntos la conversación. Llegó el momento de despedirnos: de la manera más casual y amena nos despedimos todos con gran cariño. Mi madre y yo caminamos felices de vuelta al auto, llevándonos de vuelta a Camuy el recuerdo de su mejoría. 

Esta fue la última vez que la pude ver con vida, la última vez que conversamos y sonreímos juntas, la última vez que le conté sobre mis proyectos universitarios y lo contenta que estaba en mi carrera. La vi tan alegre y sonriente, que salí tranquila y confiada de que más pronto de lo que imaginábamos estaría de vuelta en su casa, pero no fue así. 

Menos de dos semanas después, pude verla, pero esta vez entubada. Muchas máquinas y sonidos que no entendía. Rápidamente lágrimas brotaron de mis ojos, recorriendo mis mejillas y albergándose en la mascarilla que llevaba puesta. Ver a alguien que amas en esa situación es chocante, muy chocante. Creo que chocar un auto contra un poste a 100 millas por hora es menos impactante y definitivamente, dolería menos. “Pueden hablarle, ella escucha”, dijeron las enfermeras y también recalcó mi tío. Quería hablarle, quería que supiera que estábamos allí con ella, que estaba acompañada y respaldada por cientos de oraciones. En las oraciones estaba nuestra fe de ver un milagro en su vida, pero siempre aceptando la voluntad de Dios. “Titi te amamos, estamos aquí contigo”, fue lo único que pude decir. Ese día presencié frente a mis ojos lo tenue que puede ser un adiós, aún cuando no sabes que te estás despidiendo. 

El día después, miércoles 10 de septiembre, recibimos la noticia: titi había fallecido. A solo días del cumpleaños de mi sobrino, el de mi hermano y el mío también, nuestra tía ya no nos acompañaba en el plano terrenal. Fue una mezcla de sentimientos muy extraña, creo que estaba en un estado de shock y no terminaba de asimilar lo que estaba sucediendo. Todo se sentía como una pesadilla: un mal sueño del que quería despertar en seguida. Nada se sentía real y no quería que lo fuera. 

Hoy, casi tres meses después de su fallecimiento, entramos a la temporada festiva. La primera Navidad en la que no nos acompañará; solo sus recuerdos nos sostienen. He escuchado que en la vida todo se trata de decisiones, así que hoy decido recordar a mi tía con gratitud y gran agradecimiento. Le agradezco a ella por ser la persona que fue en la vida de mi familia, especialmente en la de mis hermanos, mis sobrinos y la mía: entregada, amorosa, empática, paciente, complaciente,  siempre de gran apoyo y mostrándose orgullosa de nuestros pasos en el trayecto de la vida. Le agradezco inmensamente a Dios, porque entre tantas personas en el mundo, nos brindó el privilegio a mi hermano y a mi de tenerla como tía. Su presencia en nuestras vidas fue un tesoro invaluable, que guardaré por siempre muy cerca de mi corazón para recordarle en cada momento. Nos faltaron abrazos, conversaciones, celebración y momentos en los que debíamos compartir. Casi tres meses después, la vida es diferente: la Navidad llegó, los planes cambiaron y estoy por culminar mi último semestre en la Universidad. El próximo semestre realizaré la práctica y me graduaré en junio de 2026; esta vez sin ti.

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Las chicas sueñan; el certamen es otra historia

La sala está en penumbra. El televisor derrama luces doradas sobre las paredes mientras las finalistas esperan tomadas de la mano. La música sube, el público grita, las cámaras tiemblan un poco al buscar el ángulo perfecto. Me inclino hacia adelante sin darme cuenta, con el corazón apretado en un puño invisible. Y entonces, sobre ese escenario que parece flotar, escucho la frase que corta la noche en dos: “And the new Miss Universe… is Mexico.”

La frase atraviesa la pantalla y se asienta en mi sala como un eco inesperado. Afuera todo sigue igual, pero aquí adentro algo se detiene. El público aplaude, las luces giran, las cámaras celebran… y yo solo siento el silencio después del anuncio. Un silencio fino, tenso, casi frágil.Porque no escucho el nombre que espero.
No escucho “Puerto Rico” en el Top 5.
No escucho a Zachely.

Conozco cómo funciona el sistema desde adentro. He estado con la organización de Miss Universe Puerto Rico, he visto cómo cada detalle se mide, cómo cada candidata da lo que puede, y cómo muchas veces ese esfuerzo se mide de formas que nadie ve. Por eso la historia de Zachely siempre me impactó. Llegó al casting sin dinero para siquiera pagar la inscripción. Solo tenía una ilusión y determinación. Mientras otras chicas entraban con estilistas, fotógrafos, maquillistas o asistentes, ella llegó sola. Y aun así, clasificó. Y no solo eso: se ganó el cariño del público y el respeto de quienes vimos su disciplina.

Zachely Alicea – Miss Puerto Rico backstage

Verla fuera del Top 5 me hizo pensar en lo que pesa un sistema cuando no siempre juega limpio. Porque si una mujer como Zachely, que no depende de contratos ni de padrinos, logra llegar a la plataforma más grande del mundo solo con su esfuerzo, ¿cómo se le explica a ella y al público que podrían existir influencias que distorsionen la competencia?

Mi madre, como muchos boricuas y personas alrededor del mundo, decidió dejar de ver el certamen en cuanto sintió la indignación de ver a su candidata quedar rezagada. No fue la única. Y mientras ella se levantaba del sofá diciendo que “hasta aquí llegó”.

Mi madre, como muchos boricuas y personas alrededor del mundo, decidió dejar de ver el certamen en cuanto sintió la indignación de ver a su candidata quedar rezagada. No fue la única. Y mientras ella se levantaba del sofá diciendo que “hasta aquí llegó”, pensé en algo inevitable: ¿cuánto afecta ese gesto —aparentemente pequeño— al streaming y al negocio que sostiene a Miss Universo? Porque detrás de cada desconexión hay un mensaje, y detrás de cada mensaje, un sistema que empieza a resentirse.m

A veces escucho que los certámenes son superficiales. Se dice rápido, casi con desdén, como si todo se redujera a brillo y cámaras. Pero detrás de cada candidata hay historias que no salen en televisión: familias organizándose como pueden, amigas prestando vestidos, pequeños negocios que patrocinan con lo poco que tienen, jóvenes trabajando horas extras para costear un maquillaje o un traje que quizá usen solo una noche.

Zachely empezó así. Improvisando. Armando un equipo sobre la marcha. Con hambre de representar y una disciplina que no depende de contratos, sino de convicción. Por eso, cuando escucho la palabra “fraude”, no pienso en tecnicismos. Pienso en ella. En lo injusto que es que un sistema opaco le falte el respeto a historias como la suya.

Y ahora que comienzo mi propio camino como candidata en certámenes, lo entiendo de otra manera. Ya no lo observo desde afuera: yo soy una de ellas. Vivo el estrés de los preparativos, las noches sin dormir, la presión del vestuario, los mensajes de apoyo que sostienen, los recursos que no siempre alcanzan y aun así se buscan. Sé lo que cuesta pararse en un escenario sin garantías, solo con el corazón lleno y la esperanza de hacerlo bien por tu gente.

Cuando una competencia no es transparente, no solo traiciona reglas: traiciona vidas, sacrificios, ilusiones que se han construido a pulso.

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La autenticidad en el baloncesto

El primer juego siempre será el más recordado. No importa cuántos vengan después, cuántas rivalidades se vivan, ni cuántas veces se repita la rutina de entrar a un coliseo con boleto en mano. La primera vez que uno ve su deporte favorito jugarse ante sus ojos, sin pantallas de por medio, sin retrasos de transmisión, sin narradores que te expliquen qué ocurre… esa primera vez queda guardada en un lugar privilegiado de la memoria. Por eso, cuando entré al Coliseo de Arecibo aquella noche del 25 de junio de 2025, supe que algo en mí iba a cambiar. Era mi debut como espectador del BSN, un duelo entre los Capitanes de Arecibo y los Vaqueros de Bayamón, cerca de las siete y media de la noche. Además de un juego, para mí era el inicio de un recuerdo que jamás se borraría.

Lo primero que me golpeó fue el sonido. No era un coliseo lleno a capacidad, le faltaban asientos ocupados aquí y allá, pero sonaba como si estuviera explotando por dentro. Un 80% de sillas llenas, pero un 200% de ruido. Las bocinas lanzaban música vibrante, las conversaciones se mezclaban con risas, pasos, gritos y el eco de balones rebotando durante el calentamiento. El aire olía a mezcla de comida frita, madera barnizada y popcorn acabado de hacer; era ese olor particular de los coliseos: un olor a emoción acumulada.


Entonces luego lo vi, tan cerca que, por un momento, olvidé que eran jugadores profesionales, que habían estado en la NBA, que millones habían visto sus carreras por televisión. JaVale McGee, siete pies de altura, caminando con una calma sorprendente; Danilo Gallinari, concentrado, con ese aire europeo elegante; y Brandon Knight, cuya presencia bastaba para encender a los fanáticos. Verlos tan cerca, sin distancia de pantallas, sin ese filtro que da la televisión… fue casi irreal. La autenticidad de ese instante me hizo entender que este deporte, mi deporte favorito, siempre se vive mejor desde la cercanía.

Cuando el juego comenzó, el sonido del balón golpeando el tabloncillo me erizó la piel. Era un sonido limpio, seco, uno que jamás se siente igual en la TV. Los zapatos chirriaban como si cada jugador estuviera acelerando su vida a cada paso. Los gritos dentro de la cancha eran más crudos: instrucciones, frustraciones, celebraciones. Todo era más directo, más humano. Sentía que estaba dentro de la acción, aunque estuviera desde mi asiento.

Arecibo nunca decepciona en ambiente. A mi izquierda, los fanáticos de los Capitanes cantaban y se levantaban a cada jugada grande. Sin embargo, fue algo en la parte superior izquierda del Coliseo lo que le añadió un sabor especial al partido: un grupo de fanáticos vaqueros, vestidos de azul y amarillo, cantando, bailando, tirando pasos, haciendo retumbar los escalones. Su energía le daba un contraste perfecto al ruido local, como dos ritmos compitiendo por el mismo coliseo. Aunque eran visitantes, su presencia hacía el ambiente más emocionante, casi tribal.

Mientras más avanzaba el juego, más entendía la magia de verlo en vivo. No estaba analizando sistemas ofensivos ni defensas. No estaba pendiente a estadísticas, solo estaba viviendo. De principio a fin, mi emoción fue creciendo con cada corrida de puntos, cada triple intentado, cada jugada que ponía al público de pie. Era felicidad pura, casi infantil, como si estuviera viendo el mundo por primera vez.

Llegó el medio tiempo. Todos comenzaron a pararse para buscar comida, estirar las piernas, tomar aire. Yo me quedé unos minutos quieto. Observé el tabloncillo casi vacío, la gente caminando, los vendedores corriendo de un lado a otro, las luces brillando sobre el parque. Me quedé simplemente apreciando. Era mi primera vez allí, y no quería perderme ni un segundo. Luego me levanté y caminé por los pasillos, saludando a amistades y conocidos. Hablamos del juego, de las figuras en cancha, del ambiente, como si cada uno estuviera reviviendo la misma emoción desde ángulos diferentes.

No obstante, nada se compararía al final. Faltaban 10.1 segundos; el marcador, Bayamón 79, Arecibo 75. Acababan de pitar una falta técnica a los Vaqueros y Brandon Knight se preparaba para tirar un libre que podía acercar aún más a los Capitanes. La adrenalina en mi pecho era indescriptible. No tenía experiencia previa en juegos profesionales, pero mi cuerpo parecía haber esperado este momento toda la vida. Knight metió el tiro, dejando el juego a 79-76. El coliseo explotó.

Nate Higgs se la pasó a Knight con 8.5 segundos en el reloj. Mi corazón latía a mil millas por hora. El Coliseo rugía a más no poder.

Knight se movió hacia su derecha, se elevó para el triple. Todos, absolutamente todos los fanáticos de los Capitanes, cruzaron los dedos. La bola salió de sus manos como si el tiempo se hubiera detenido. El sonido del ambiente desapareció por un instante, y, falló. Arecibo tomó el rebote ofensivo, tuvieron una segunda oportunidad, otro triple… otra vez el silencio momentáneo, y nuevamente, falló. Bayamón aseguró el rebote final, la bocina sonó. El final fue, Bayamón 79 – Arecibo 76.

El juego se decidió en los últimos segundos. El tipo de final que uno espera toda la vida para vivirlo por primera vez. Sentí una mezcla indescriptible de intensidad, alegría, asombro y gratitud. No importaba quién hubiera ganado; lo que importaba era que yo había estado allí, respirando esa emoción, vibrando con cada jugada, sintiendo cada segundo como algo irrepetible.

Mientras salía del Coliseo, todavía con el eco de los gritos en los oídos y la adrenalina corriendo por todo mi cuerpo, pensé en algo simple pero poderoso, “el primer juego siempre será el más recordado”. No porque haya sido perfecto, ni porque lo haya ganado mi equipo, sino porque fue el primero. El más fresco que estará en mi memoria. El que me hizo sentir como un niño viendo el mundo por primera vez. Esa autenticidad, esa emoción pura… es algo que jamás se repetirá de la misma manera.

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Más allá de la cúpula amarilla

La historia, religión y cultura detrás de la cúpula dorada, observada desde la autopista José de Diego.

De pequeña, cuando visitaba con mi familia el pueblo de San Juan, algo captaba mi atención desde la autopista José de Diego: una cúpula amarilla que me hacía preguntarme qué lugar sería aquel. Esa curiosidad me llevó a indagar y descubrir que es la mezquita más grande de Puerto Rico, Masjid Al Farooq. La curiosidad que tenía desde pequeña no cesó; simplemente avanzó. ¿Qué es una mezquita? ¿Qué religión profesan? ¿Cómo llegaron a Puerto Rico?

Hasta que un día visité esa gran cúpula amarilla.

Me encontré en el carro de mi compañera de curso mientras seguíamos las indicaciones del GPS para llegar hasta la mezquita. El reloj marcaba las 12:16 de la tarde, cuando observé el letrero que decía Masged Al Farooq (Masjid Al Farooq). Bajé la ventana y el ruido ensordecedor de los demás autos se disipó de inmediato, convirtiéndose en cantos de pájaros. Un camino rodeado de naturaleza nos recibió, atrayendo una paz abrazadora. Al final del camino, ahí estaba: un edificio de dos pisos, de dos tonos azules, con una cúpula amarilla y otra torre más alta con la punta amarilla. Parecía un castillo sacado de un cuento de hadas.

Verifiqué que mi hijab estuviera bien puesto y que mi vestimenta estuviera adecuada y no mostrara nada. Mi compañera y yo nos dispusimos a bajar del auto para caminar hacia la mezquita y buscar al imán, quien es la figura de fe principal de la mezquita, encargado de las oraciones y sermones. Como estábamos perdidas, saludé y le pregunté a un señor dónde se encontraba el imán Mohammed Shabban. No hablaba español con fluidez y, por mi apariencia, me habló en árabe. Muy amablemente, y con pocas palabras que pudimos entender uno del otro, pero con una gran sonrisa nos dirigió al baño de mujeres indicándonos que subiéramos las escaleras del interior y allí las mujeres nos ayudarían.

En el baño había tres asientos redondos de cemento y una pluma de agua al frente de ellos, para hacer el ritual del Wudú (ablución) antes de realizar las oraciones del Salat (cinco oraciones diarias) y el sermón de los viernes, Khutbah, al cual estábamos asistiendo ese día. Debíamos limpiar las impurezas de nuestro cuerpo: rostro, brazos, manos, pies y un poco de agua en la cabeza. Había un cartel que indicaba cómo hacer cada paso.

Al subir las escaleras, llegamos a un cuarto pequeño donde dejabas tus objetos personales, como la cartera, y los zapatos. Tenían ropa y hijabs para las personas que tal vez visiten la mezquita y no conozcan las normas de vestimenta. El hijab no es obligatorio, pero por respeto, decidí ponérmelo. Dejé mis cosas , me quité mis tenis y me dirigí al área de oración de las mujeres. Hombres y mujeres no oran juntos; el imán me explicó que en el islam se ora de tal forma porque, “a la mujer le gusta ser admirada y al hombre le gusta mirar”.

Área de oración de mujeres. Fotografía tomada por Edelmarie T. Salamanca Cortés
Área de oración de mujeres, por Edelmarie T. Salamanca Cortés

En el área de oración de mujeres habían sillas, sillones y un estante de libros sobre el islam. Una tela roja cubría el espacio por donde se pasaba para el área de oración de los hombres. La pared tiene un espacio donde se puede ver y escuchar la oración que imparte el imán. Todo el suelo estaba cubierto por una alfombra en tonos crema, marrón claro y blanco con diseños; además, tenía ventanas y cuadros.

Más mujeres entraban, algunas con sus hijos, hasta que llegó Johana González, la esposa de Mohammed Shaban. Vestía un traje color negro con diseños y un hijab verde . Nos saludó y se presentó con nosotras, y para nuestra sorpresa, era puertorriqueña. Le indicamos que mi compañera quería ponerse el hijab y le preguntamos si nos podía ayudar y así fue. Mientras ayudaba a mi compañera, nos contó cómo se convirtió al islam y su historia de amor con su esposo. Nos presentó a algunas de las mujeres que estaban presentes y nos llevó con su esposo. Mohammed es jordano, palestino y americano; vestía una túnica árabe de color marrón, un gorro (taqiyah) del mismo color, tenía lentes y barba blanca. Le expresé que disculpara si realizaba algún error o si decía algo incorrecto, y con una sonrisa me dijo: “No hay ningún problema”.

Ya era hora del sermón, así que nos fuimos cada cual al área de oración correspondiente. Me senté junto a Johana, quien nos indicaba qué debíamos hacer. La reflexión la impartió Shaban en varios idiomas. Al finalizar el mensaje, tanto hombres como mujeres realizaron la oración, la cual duró unos 10 minutos.

El imán de la Mezquita, Mohamed Shaban, por Edelmarie T. Salamanca Cortés.

Al finalizar la oración, Johana y Mohammed nos mostraron la mezquita. Nos enseñaron que el mihrab es un hueco en la pared hundida que indica la dirección hacia la cual oran, ya que allí se encuentra la ciudad sagrada. Arriba de este se encuentra el minbar, un lugar más elevado donde se imparte el sermón. Tiene ventanas desde las cuales se puede apreciar la autopista; dentro de la cúpula se esconde una gran lámpara con ventanas pequeñas a su alrededor. Tienen sitiadas más estanterías con libros y una mesa con libros e información gratuita para las personas. El ambiente que existe es familiar y acogedor . Nos sirvieron comida típica musulmana y conversamos sobre cultura, historia y humanidad.

Lámpara situada dentro de la cúpula amarilla, por Edelmarie T. Salamanca Cortés

Mohammed habló del pueblo puertorriqueño y sobre su práctica de fe aquí, y dijo lo siguiente: “Con un pueblo de fe, tú no tienes problemas con practicar tu fe, porque saben que estás adorando a Dios”. Donde existe el respeto, a pesar de no compartir las mismas ideologías y costumbres, se construyen puentes entre países, como Puerto Rico, siendo el país caribeño con más población musulmana. Al despedirme y tomar una foto de recuerdo, me llevé una de las experiencias más enriquecedoras, gracias a la cúpula amarilla desde la autopista José de Diego.

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Actualidad Cobertura

Se presenta “Palestina en Puerto Rico”

Estudiantes de periodismo de UPRA se estrenan como documentalistas de un proyecto pionero que retrata la comunidad palestina en la isla.

Fotos: Ariana Meléndez

El pasado martes, 18 de noviembre, la clase de Géneros Periodísticos, dirigida por la Dra. Sarah Platt, presentó el proyecto audiovisual “Palestina en Puerto Rico”, compuesto una serie entrevistas en profundidad a la comunidad palestina que reside en la isla. El documental en desarrollo fue creado con el propósito de ofrecer una mirada histórica y humana a la relación entre ambas culturas en el marco del genocidio que ocurre actualmente en la franja de Gaza. Existe mucho desconocimiento en torno a Palestina en esta parte del mundo, sobre todo con la poca cobertura que existe en Puerto Rico relacionado a este tema y su politización.

“Es la primera vez que se hace este tipo de trabajo audiovisual como parte de este curso. En Géneros Periodísticos discutimos la entrevista en profundidad y, en esta ocasión, aprovechamos la invitación de la Dra. Hildamar Vilá para organizar una Jornada dedicada a Palestina. Pensé que sería interesante contar la historia palestina en Puerto Rico desde los mismos integrantes de esta comunidad, así que identificamos lugares donde entendíamos que podríamos encontrar a estas personas y los estudiantes se dieron a la tarea de llevar a cabo un verdadero periodismo de inmersión en mezquitas, centros islámicos, residencias y otros espacios. Así nació este proyecto que aún está en pañales y tiene mucho potencial”, expresó la Dra. Platt.

Imán Mohammed Shaban y Johanna González
Centro Islámico de Hatillo

La presentación se realizó en la Sala de Cine de la Universidad de Puerto Rico en Arecibo (UPRA) y contó con la presencia de los estudiantes productores: Shawn M. Pérez, quien entrevistó a Yuosef Saleh Ahmad, cuidador de la mezquita de Hatillo; Edelmarie T. Salamanca, quien entrevistó al imán de la emblemática mezquita de Vega Alta, Mohammed Shaban y su esposa, Johanna González; y la editora general, Karina Ramos Vera, quien entrevistó al chef Ihab Musa. Las estudiantes Génesis Román, Camila Albelo y Janina Méndez no pudieron asistir al evento, pero su entrevista a la estudiante palestina Jamilla Nayef, es otra aportación a este trabajo.

Yamilla Nayef
Yuosef Saleh Ahmad

Al principio no me sentía muy identificado o conectado con este proyecto ni con el tema, pero poco a poco me fue interesando más, explicó Shawn M. Pérez. El estudiante, quien es originalmente de Hatillo, visitó el Centro Islámico principal de Puerto Rico, ubicado en este municipio y entabló una amistad con el cuidador de este espacio, a quien entrevistó en profundidad sobre su fe en el Islam.

De izq. a derecha: Dra. Sarah Platt, Amy Valle, Shawn Pérez, Edelmarie Salmanca, Karina Ramos.

La estudiante Amy Valle Guevara, por su parte, relató que en su caso, su entrevista tuvo que ser removida del proyecto ya que una de las fuentes lo prefirió así. Antes de presentar el video, Amy leyó un artículo de opinión que escribió sobre la experiencia.

”En marzo de 2025, Naciones Unidas advirtió que las mujeres palestinas viven hoy una de las crisis humanitarias más devastadoras del siglo. Bajo los bombarderos, la ocupación militar y la pérdida de derechos básicos muchas son asesinadas, desplazadas o privadas de atención médica y educación. Pero hay otra herida menos visible y más profunda. Esto ocurre cuando son silenciadas».

Dra. Sarah Platt, Shawn Pérez y Amy Valle.
Shawn Pérez, Edelmarie Salmanca, Dra. Sarah Platt y Karina Ramos.

La presentación del documental fue un encuentro lleno de emociones y conocimiento. Al finalizar la actividad, la Dra. Hildamar Vilá participó de un micrófono abierto, expresando su agradecimiento y reconocimiento a los estudiantes, responsables de la producción detrás de las entrevistas de profundidad a palestinos en Puerto Rico e invitó al público a organizar nuevamente la Jornada por Palestina en enero, ya que tuvo que ser cancelada por razones ajenas a la voluntad de la producción. Asimismo, está en los planes del equipo de producción continuar ampliando este proyecto de cara al futuro.

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Actualidad Opinión

Un testimonio silenciado: Las mujeres palestinas

En marzo de 2025, Naciones Unidas advirtió que las mujeres palestinas viven hoy una de las crisis humanitarias más devastadoras del siglo. Bajo los bombardeos, la ocupación militar y la pérdida de derechos básicos, muchas son asesinadas, desplazadas o privadas de atención médica y educación; pero hay otra herida, menos visible y más profunda: el silenciamiento de sus voces. Detrás de cada cifra hay una historia interrumpida, una madre que no puede parir con seguridad, una niña que no volverá a la escuela, una esposa que sobrevive a la guerra, pero quizás, no a la violencia dentro de su propio hogar. 

Más de una década atrás, organizaciones como Solidaridad Internacional ya advertían sobre la marginalización estructural que sufrían las mujeres palestinas. En Cisjordania y Gaza se intentó fortalecer la participación ciudadana femenina y su acceso a la política, pero el contexto patriarcal y religioso imponía grandes límites. El protocolo de acción creado en 2013 buscaba que las mujeres palestinas diseñaran planes de liderazgo social y electoral; sin embargo, la ocupación y las normas culturales las relegaban al ámbito doméstico, pues se trataba de una lucha por existir dentro de un sistema que les negaba voz y autonomía. Ese esfuerzo representó la primera forma de Sumud, una resistencia firme. 

En 2019, el Movimiento Feminista Palestino contra la Violencia, documentó el incremento de los llamados “crímenes de honor”. El asesinato de Israa Ghrayeb, una joven muerta por su propia familia luego de que la publicación de un video con su prometido, marcara un punto de inflexión. Su historia encendió la indignación compartida y rompió el tabú del silencio. Desde entonces, miles de mujeres palestinas comenzaron a compartir públicamente sus historias de abuso, desafiando un código penal obsoleto que permitía a los jueces reducir penas por “circunstancias atenuantes”.

Datos de la Oficina Central Palestina de Estadística revelaron que una de cada tres mujeres palestinas había sufrido violencia a manos de su esposo, y que la tasa en Gaza era 14 % superior a la de Cisjordania. Aun así, el movimiento se mantuvo en pie. Las marchas bajo el lema “No habrá patria liberada sin la liberación de las mujeres” demostraron que en Palestina la resistencia femenina no solo enfrentaba la ocupación militar, sino también las estructuras internas del patriarcado.

Mi entrevistada me habló de Hind Bajab, una niña palestina de apenas seis años. Su voz, recorrió el mundo por unos minutos antes de apagarse, pues llamaba desesperada por teléfono tras ver morir a su familia bajo el fuego. “¿Vendrán a buscarme?”, preguntaba, y nadie llegó a tiempo. Su historia, me dio a entender, representa a toda una generación de niñas palestinas que aprenden que el mundo puede escuchar su voz y aún así permanecer en silencio. Esa conversación me estremeció, pues entendí que en Palestina hasta el auxilio se convierte en acto de resistencia. La voz de Hind es símbolo de un dolor en conjunto, pero también del Sumúd heredado, la capacidad de hablar aun sabiendo que nadie responderá. Mi entrevistada lloró al recordarla, y entonces comprendí que su propio silencio, su negativa a mostrarse y su miedo, nacía de esa misma raíz. No es cobardía, es memoria, y es herencia. 

Hoy, esa resistencia tiene un rostro, el de miles de mujeres que cargan con la guerra en los ojos. En mi experiencia periodística, conocí a una de ellas. Me recibió con amabilidad, me habló de su vida entre dos culturas. Aceptó ser grabada, incluso mostrar su entorno; pero cuando una imagen suya apareció en una promoción del video, todo cambió. Ella mostró temor, duda, y finalmente, pidió silencio, y yo decidí respetarlo. Ese gesto me confrontó con una verdad dolorosa, en Palestina, hablar puede costar la vida, y callar, la identidad; pero también comprendí que a veces el silencio es otra forma de perseverancia, una manera de proteger lo poco que queda cuando todo lo demás ha sido arrebatado. 

Como periodista, he aprendido que contar una historia no siempre significa mostrarla. A veces, lo ético es guardar silencio, porque hay silencios que no son ausencia, sino respeto y protección. El mundo puede ignorar las cifras, las resoluciones o los tratados, pero no puede ignorar la dignidad de un pueblo que resiste. Las mujeres palestinas son, en esencia, la memoria viva del Sumud, la fortaleza que florece en la tierra más herida del mundo; y quizás, ese sea el verdadero mensaje de su silencio: que incluso cuando se les arrebata la voz, ellas siguen hablando.

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El aroma del hogar lejos del hogar

Los sábados, en el pueblo donde hasta las piedras parecen cantar, se celebra el Farmers Market de Aguadilla. Entre la multitud de vendedores, el inconfundible aroma de la gastronomía palestina guía los pasos hacia Marhaba Arabic Delights, negocio fundado por Ihab Musa, hijo de inmigrantes palestinos nacido en Mayagüez. Desde su puesto, comparte con el público los sabores tradicionales de su cultura, como los katayef y el baklava, símbolos de hospitalidad y celebración, especialmente durante el Ramadán.

Musa comenzó su emprendimiento desde casa, durante la pandemia de COVID-19, cuando pocos conocían la auténtica comida palestina. Con la ayuda de su madre, adaptó las recetas tradicionales con un toque puertorriqueño, conquistando el paladar del oeste de la isla. “Queríamos compartir nuestra cultura con los puertorriqueños, y poco a poco la gente fue aceptando los sabores y las historias detrás de cada plato”, relata el comerciante, quien lleva más de tres años participando en el mercado aguadillano.

Para Ihab, su proyecto va más allá de la gastronomía: es un puente entre dos pueblos que comparten hospitalidad, fe y buen corazón. Mientras ofrece sus dulces, reflexiona sobre la situación en Palestina y celebra la empatía de los puertorriqueños. “Tenemos muchas cosas en común”, afirma. “Los puertorriqueños siempre dan la bienvenida, igual que nosotros. Esa conexión es lo que hace que este lugar se sienta como hogar.”

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Raíces que laten en el corazón de la isla

El imán Mohammed Shaban, originario de Jordania y de ascendencia palestina, relató cómo la comunidad musulmana en Puerto Rico ha sabido mantener vivas sus tradiciones mientras abraza la vida puertorriqueña. A su vez, la comunidad palestina ha dejado una huella que trasciende lo religioso y se entrelaza con la identidad misma de la isla. Casado con Johanna González, una puertorriqueña, la propia historia de Shaba encarna ese encuentro de culturas que no solo enriquece su vida familiar, sino también el mosaico cultural de Puerto Rico.

Mohammed Shaban
Foto por: Edelmarie Salamanca

“Ser palestino en Puerto Rico significa mantener vivas nuestras raíces mientras nos integramos a la vida de la isla. Aquí encontramos un lugar para practicar nuestra fe y, al mismo tiempo, compartir nuestra cultura con el pueblo puertorriqueño”, expresó Shaban.

Sus palabras reflejan el orgullo de una comunidad que, pese a la distancia con su tierra natal, ha encontrado en la isla un nuevo hogar donde su fe y su cultura florecen. Pero la presencia palestina en Puerto Rico no se limita a los templos ni a los rituales. También se manifiesta en la solidaridad y en la voz que se alza por la justicia. Cada semana, en el Viejo San Juan, marchas y concentraciones recuerdan que el dolor de Palestina no es ajeno a los puertorriqueños. En esos encuentros, se entrelazan banderas, historias y emociones, creando un puente de empatía entre dos pueblos marcados por la resistencia. Así, la comunidad palestina no solo preserva su herencia, sino que también enriquece la diversidad cultural de la isla, dejando claro que su historia late hoy con fuerza en el corazón de Puerto Rico.