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Madres en resistencia: el poder del amor que no se quiebra


Texto: Coraima Vega
Fotos: Camila Molina García Elsa Alicea Arroyo:Video

El dolor que se convirtió en lucha

Psicóloga clínica de formación y activista de corazón, Sonia Santiago Hernández ha dedicado más de dos décadas a una de las resistencias civiles más persistentes del país: la defensa de la paz desde la experiencia profunda de una madre marcada por la guerra. Su trayectoria está íntimamente ligada a la organización que fundó en 2003, Madres Contra la Guerra, un colectivo que desde entonces se ha convertido en un símbolo de denuncia y acompañamiento para familias afectadas por el militarismo.

Sonia Santiago, fundadora de Madres contra la Guerra, se reúne todos los martes de 3pm a 4pm junto al colectivo en la Milla de Oro. (Foto: Camila Molina).


El motor de su activismo nació del dolor más íntimo. El sacrificio más grande —admite— fue aceptar que su hijo, durante año y medio, “empujaba armas para guerrear” en Irak, mientras ella se oponía radicalmente a las guerras. Esa contradicción desgarradora marcó para siempre su vida y también el rumbo de lo que hoy llama, su lucha


Cuando supo por primera vez que su hijo sería enviado al frente de batalla, describe haber sentido “un dolor inmenso, una sensación de impotencia” ante la posibilidad real de que su ser amado “fuera a matar o a que lo mataran”. El impacto personal fue profundo y transformador.

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El despliegue militar trajo consecuencias severas: daño emocional y físico, incluyendo trastorno de estrés postraumático, insomnio, pesadillas, paranoia, dificultades para sostener trabajos estables y lesiones corporales como osteoporosis, osteoartritis y discos herniados tras cargar mochilas de más de 75 libras en misiones extenuantes.


Pero el daño trascendió al individuo. Como ocurre con cientos de familias de militares, la de Santiago también tuvo que adaptarse a los cambios conductuales, al distanciamiento y a la carga emocional que deja la guerra. “La guerra nos marca”, al describir la convivencia con un hijo que regresó con heridas que nadie ve, pero que se sienten cada día.


La historia de esta lucha está arraigada en el espíritu rebelde que la acompañó desde niña. En su etapa universitaria, en el recinto de Universidad de Puerto Rico – Río Piedras, se integró a movilizaciones estudiantiles y llegó incluso a quemar panfletos de reclutamiento militar como acto de resistencia.

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Ese impulso contestatario se transformó años más tarde en una misión colectiva. Desde el 2003, cada martes, Madres Contra la Guerra realiza una vigilia frente al Consulado de Israel en Hato Rey, un espacio que se ha convertido en punto de encuentro para la denuncia pública y la resistencia ciudadana al militarismo.


Santiago reconoce que su activismo es inseparable del contexto político del país:
“Hay una responsabilidad histórica; el movimiento anticapitalista es sumamente importante ante nuestro proceso de descolonización”, afirma con firmeza.


En los días más pesados, cuando la causa parece inmensa, Santiago encuentra sostén en una certeza: su mensaje puede salvar vidas. Educar a jóvenes sobre los riesgos del reclutamiento militar, convencerlos de no firmar contratos que los amarran a la guerra, o acompañar a soldados que desean solicitar objeción por conciencia, le da sentido a cada acto de resistencia.

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La organización ha documentado casos de presiones ilegales durante procesos de reclutamiento, ha acompañado a familias cuyos hijos han sido enviados a zonas de conflicto y ha alzado la voz en espacios internacionales, incluyendo foros de Naciones Unidas, para denunciar el impacto desproporcionado del militarismo en la juventud puertorriqueña.

Hoy, Madres Contra la Guerra continúa activo como un frente que articula madres, estudiantes, educadores y ciudadanos comprometidos con la paz y la defensa de los derechos humanos. La figura de Santiago sigue siendo central: una líder combativa, empática y profundamente humana que ha convertido su dolor en un llamado urgente a la justicia.


Su lucha también interpela la participación de puertorriqueños en el Ejército de Estados Unidos, cuestionando un sistema que recluta de manera agresiva en comunidades vulnerables y promete oportunidades que rara vez se materializan.


A veinte años de su fundación, la organización sigue siendo un recordatorio de que la paz no es solo una aspiración colectiva, sino un acto cotidiano que nace del amor obstinado de una madre.

“El sentimiento de lucha es para la reivindicación de nuestro pueblo, en nuestra lucha de liberación”, reafirma Santiago. Su voz, firme y persistente, sigue marcando el rumbo de un movimiento que no se rinde y que continúa exigiendo un futuro sin violencia ni guerras.

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Author: Colaborador/a de Tinta Digital
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